La Antorcha
Reflexión

Cosmética del enemigo

Febrero 2026·5 min de lectura

. Cosmética del enemigo es el título de un opúsculo de la escritora de origen belga Amélie Nothomb. Su protagonista piensa igual que Freund: –Uno no elige a sus criminales– dice. Tendremos que resistir y recordar que aquí, mientras nos quede un cartucho y un padrenuestro, no se rinde nadie. Como aquellos hombres de Baler.

O a los arcabuceros españoles que en Pavía quebraron la soberbia de toda Europa. Aún somos aquellos cuya dignidad, cuando la muerte les cercó en Rocroi, hizo enmudecer al enemigo. En las gestas de antaño las armas se blandían en defensa de la fe y la espada salvaguardaba el honor de un pueblo y restauraba la justicia. Sabíamos quiénes éramos y contra qué luchábamos. Las guerras podían llamarse justas –conforme a la doctrina clásica– cuando la convocatoria emanaba de una autoridad legítima; la causa era justa y la intención, recta. Por lo general, el ethos no solía ser simple ardor guerrero, mera codicia o cualquier otra iniquidad, sino una convicción clara: la guerra era un mal necesario sólo si servía al bien común. Después de la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial, el mundo creyó posible otra historia. La ONU asumió como meta preservar la paz y la seguridad internacional, prohibiendo el uso de la fuerza. Salvo en dos excepciones: la legítima defensa y las medidas aprobadas por su órgano de seguridad. Ese marco legal post 1945 transformó la guerra en un mecanismo de poder para sostener hegemonías económicas, bloques ideológicos o zonas de influencia. De instrumento de justicia a herramienta de dominación al servicio de un Consejo con vetos, alianzas poco claras y agendas espurias. Los criterios tomistas y de la tradición sobre la guerra justa han sido desplazados. Si el sistema ya no los recuerda ni los aplica, corremos el riesgo de que la paz y las guerras que decreten sean una paz inicua o una guerra injusta. Vivimos, pues, en la era de la manufactura del enemigo. La cosmética del enemigo funciona en doble sentido. Por un lado, pueblos, ideas, movimientos o disidencias son grotescamente presentados

Cuando despeñar a un niño es un acto de gloria guerrera

P

oetas de la Grecia inmediatamente posterior a lo que se podría llamar la época homérica ensalzan no sólo la gallardía y el arrojo guerrero, sino que incluso dicen que lo bello, lo honroso es morir en primera línea de combate. En el s. VII a.C. Tirteo de Esparta o Calino de Éfeso componen versos de este tipo, pues, desde su mentalidad, lo mejor que se puede hacer en esta vida en luchar con denuedo, en vanguardia de la batalla, “en defensa de la patria, de la esposa legítima, de los hijos”. En ese mismo siglo, Arquíloco habla de una existencia austera definida por una simple hogaza de pan y vino que toma apoyándose en su lanza.

En cierto modo, este tipo de autores de la denominada lírica coral arcaica continúan uno de los aspectos del êthos más reconocible en la Iliada. La virtud (areté, para los griegos), es decir, la excelencia —eso que hoy definimos como “nuestra mejor versión”— se concreta en mostrar la máxima destreza en todas las facetas posibles. No se trata de que la guerra, el duelo cuerpo a cuerpo con cortantes armas de metal, constituya un fin en sí mismo. Más bien, la guerra es el medio y contexto supremo donde la astucia, la habilidad, la fuerza, el arrojo se muestran. Y decimos que “se muestran”, porque se exhiben. Se requiere del reconocimiento de los demás. Por esta razón, Aquiles, el más valeroso de los aqueos que acechan Troya, se retira. Siente que, al quitársele a Briseida, para que fuese entregada a Agamenón, se lo está dejando humillado, no se lo reconoce como lo que es. En la Iliada homérica, la lucha se narra y describe de manera estética. Las heridas contienen belleza por su patetismo, y no son heridas que dejen a nadie lisiado, ni impedido. Son heridas que, o bien se pueden curar, o bien acaban con la vida. En la Iliada no vemos las hileras de amputados que produce la guerra. Observamos nada más que muertes henchidas de poesía, una poesía trágica, intensa, repleta de densidad. Sin embargo, cuando en la Odisea aparezca el ánima de Aquiles, en el territorio de Hades y los difuntos, nos dirá que es preferible ser el último de los vivos antes que el rey de los muertos. Se alegrará, cuando Odiseo le narre la fiereza y ansia destructora de su hijo, Neoptólemo. El regocijo, en la otra vida, de comprobar que el propio vástago continúa con esa actitud que se supone es la virtud. Narra la tradición poética antigua que Neoptólemo, al conquistar

con los aqueos Troya, agarrará al hijo de Héctor, a Astianacte, que casi es un bebé. Un chiquillo que aún gatea y que se alimenta de purés y leche, y de caricias y mimos de la madre. Lo agarrará para dejarlo caer desde lo alto de las murallas del alcázar troyano. Los sesos del niño se desparramarán por el suelo patrio que su padre defendió entregando su propia vida; Héctor había muerto a manos de Aquiles.

Es preferible ser el último de los vivos antes que el rey de los muertos" Esta mirada es la que más influirá en Nietzsche, a quien más que filósofo hemos de etiquetar como filólogo o poeta. Nietzsche, a la hora de la verdad, e incluso antes de redactar la mayor parte de sus libros sobre el superhombre y la voluntad de poder, se había caído del caballo —no literalmente, aunque sí sufrió un accidente en un ejercicio ecuestre antes de la guerra Franco Prusiana, en 1868—; y renunció rápido al germanismo, al nacionalismo y a cualquier aventura bélica. Es más, a pesar de que escribe en sus libros que un inválido, alguien que depende de otros y que tiene mermadas sus capacidades, debe ser desahuciado por los médicos, durante el final de su vida estuvo al entero cuidado de su familia. La incongruencia entre la vida y la obra de Nietzsche permite comprender mejor por qué su hermana Elisabeth se encargó que transmutar el legado intelectual de este amante de lo helénico en materia que alimentase la combustión nacional socialista.

Astianacte niño es arrojado desde las murallas de Troya a manos de Neoptólemo, ante la impotencia de su madre Andrómaca.

Todo lo contrario a Nietzsche, en este aspecto, fue Marinetti, cuyo manifiesto futurista (según la publicación de febrero de 1909 en Le Figaro) resulta tan incendiario y poético como El Anticristo o Así habló Zaratustra, cuando menos. Leemos: “Queremos cantar el amor al peligro, a la actitud enérgica y a la temeridad. Los elementos esenciales de nuestra poesía serán el coraje, la audacia y la rebelión. Hasta hoy la literatura ha estado magnificando la inmovilidad de pensamiento, el éxtasis y la ensoñación, mientras que nosotros vamos a exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, el paso gimnástico, el salto temerario, la bofetada y el puñetazo. Declaramos que el esplendor del mundo se ha enriquecido gracias a una belleza nueva: la belleza de la velocidad. Un automóvil de carreras con su vientre adornado de gruesos tubos, como si fuesen serpientes de aliento explosivo… Un automóvil rugiente que tiene el aspecto de correr sobre metralla es más hermoso que la Victoria de Samotracia. (…) No hay más belleza que en la lucha. No más obras maestras sin carácter agresivo. (…) Queremos glorificar la guerra —única higiene del mundo—, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las bellas ideas que matan y el desprecio a la mujer. Queremos demoler los museos, las bibliotecas, combatir el moralismo, el feminismo y todas las cobardías oportunistas y utilitarias”. Después de esto, Marinetti se embarcó para vivir en primera línea casi todos los conflictos bélicos de su país: en Libia contra los turcos en 1911, en la Primera Guerra Mundial contra Austria en 1915, en Abisinia en 1936, contra la Unión Soviética en 1942. Fue fascista hasta el día de su muerte en diciembre de 1944.

Menos de un año después del fallecimiento de Marinetti, el gobierno de los Estados Unidos decide que la forma más expedita de acabar con la guerra contra el Japón consiste en arrojar…