violencia y demonizan el uso de la fuerza en cualquier circunstancia, como si la paz pudiera sostenerse alzando unos pocos claveles. Por otro, están quienes parecen tener una admiración un tanto siniestra por cualquier conflicto, convencidos de que siempre es buen momento para la guerra y que no hacen falta demasiadas justificaciones para iniciarla. La realidad es que, como en tantas otras cuestiones, la virtud se encuentra en el término medio. Lo deseable es la paz que, sin Cristo no es posible, y se convierte en una burda teatralización, en una mueca inane y frustrante. Y, a su vez, el uso de la fuerza es a veces legítimo y, no solo eso, sino que, en ocasiones, es
el camino necesario para alcanzar la paz, restaurar la justicia o defender un bien que está siendo amenazado. El ideal es que la familia pueda caminar en paz por la calle. Pero si alguien pretende agredir a la madre, la obligación del padre (y de los hijos mayores) es salir en su defensa, incluso con el uso de la fuerza, si fuera necesario. No quedarse observando después de un intento frustrado de diálogo, máxime si entre el padre y los hijos tienen posibilidades reales de neutralizar al agresor. Pero tampoco se trataría de dejar al atacante tendido en el suelo en coma, si ello no fuese indispensable para proteger a la madre. Sin embargo, si es el padre el que pasea sin compañía y un agresor se abalanza sobre él, puede recurrir al uso de la fuerza para defenderse, pero también podría no hacerlo y aceptar la agresión. Vemos por tanto que hay situaciones en las que el uso de la fuerza no solo es una opción, sino una obligación moral, máxime cuando se trata de la defensa del prójimo.
La violencia es un ataque al orden natural (ya sea mediante las leyes, la fuerza física…) el uso legítimo de la fuerza es cosa distinta, que merece otra consideración moral, pues pretende defender y restaurar ese orden natural que está siendo atacado. Sobre todos estos temas reflexionaremos en el presente número, procurando huir de las guerras actuales que, por su carga emocional, nos distraerían de un análisis sereno, serio y en profundidad sobre la guerra en general y sus implicaciones morales. Especialmente provocador es el caso de los mártires y los cruzados, dos posturas igualmente cristianas ante el conflicto. Tenemos el ejemplo de las mártires de Algemesí, recogido en Cartas desconocidas de una familia mártir: María Teresa y sus hijas (Naranja Editorial), del sacerdote Salvador David; o el de los requetés y las margaritas que en la Cruzada del 36 se alzaron en armas para defender a Dios, la Religión, la Iglesia y la Patria, narrado con gran belleza en Las últimas cartas del requeté (Almuzara), por Pablo Larraz y Pilar Sáez de Albéniz. Unos, aceptando la muerte sin combatir. Otros, combatiendo y a veces también muriendo. En el caso de las mártires de Algemesí, los milicianos de la II República apresaron a las cuatro hijas, todas religiosas, para asesinarlas. La madre pidió acompañarlas y solicitó además ser la última en morir, para asegurarse de que sus hijas perseveraban hasta el final, como así sucedió. En el caso de Mateo Arbeloa, narrado en Las últimas cartas del requeté: correspondencia de guerra de Mateo Arbeloa y Josefina Muru vemos que se hizo uso legítimo de la fuerza para defenderse de un ataque sistemático y cruel contra la Iglesia y la población católica en España.
Por ello la Guerra Civil tuvo espíritu de cruzada, y así fue conocida durante mucho tiempo. Si verdaderamente amamos y deseamos la paz, el uso de la fuerza no tiene por qué repelernos ni entusiasmarnos. Ambas posturas extremas —el pacifismo absoluto y el belicismo ciego— son dos caras de la misma moneda: lejos de favorecer la paz y la justicia, se convierten en su principal obstáculo. En la vida familiar sucede algo parecido. Un padre que nunca ejerce una corrección firme difícilmente educará a sus hijos. Un padre que recurre habitualmente a la violencia tampoco. Los hijos necesitan saber que existen límites, y algunos son tan sagrados que, si los traspasan, encontrarán una barrera real, concreta: la mano de sus padres. Pero esa barrera debe ser proporcionada, orientada al bien, no fruto de la ira. Conviene recordar, además, que incluso quienes están llamados profesionalmente al uso de la fuerza —los militares— no son considerados por la Iglesia agentes de violencia, sino promotores de paz. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que “los que se dedican al servicio de la patria en las fuerzas armadas son servidores de la seguridad y de la libertad de los pueblos” (CEC 2310). Su misión, lejos de ser inmoral, es necesaria para proteger a los inocentes y mantener el orden justo. Nuestro deseo es que, al acabar estas páginas, renovemos nuestro compromiso con una paz auténtica, la que procede de Cristo, y aprendamos a mantener una relación sana con el uso de la fuerza y con la guerra: ni un rechazo desordenado que posibilita la injusticia, ni un amor desmedido que hace imposible la justicia. Todo lo demás son ideologías que no responden a la realidad.
N
Los desastres de la guerra de Francisco de Goya, 1863. Museo Nacional del Prado
Ni pacifismo ni belicismo:
¡paz verdadera! POR JORGE SOLEY | ECONOMISTA Y ESCRITOR
o iban desencaminados los hippies de los años 60 cuando enarbolaban sus pancartas reclamando paz. Y es que el anhelo de paz es algo tan universal y constante que bien podemos considerarlo como uno de los deseos naturales más intensos. Durante un tiempo podemos olvidarlo, pero la realidad de la guerra, y cuanto más cercana con más fuerza, nos recuerda trágicamente la importancia vital de la paz. No hace falta insistir aquí sobre los horrores de la guerra. Quien aún tenga dudas, que contemple la serie de los Desastres de Goya. O que lea los relatos ambientados en la guerra franco-prusiana de Leon Bloy. O que se sumerja en las Tempestades de acero de Ernst Jünger. O en el Réquiem por Nagasaki de Paul Glynn… testimonios no faltan. La paz, lo tenemos claro, es el bien social más universalmente deseado. Algo que explicó con su habitual lucidez y elocuencia san Agustín en La Ciudad de Dios al escribir que “no existe quien no ame la alegría, así como tampoco quien se niegue a vivir en paz. Incluso aquellos mismos que buscan la guerra no pretenden otra cosa que vencer, por tanto lo que ansían es llegar a una paz cubierta de gloria”. O sea, que incluso quienes apuestan por la guerra lo hacen con la esperanza de obtener la paz.
ser deforme, esta paz impuesta por los que dominan este cementerio”. Aunque seguramente no lo supieran, san Agustín ya decía algo similar hace dieciséis siglos, cuando afirmaba que “la paz de los malvados no merece el nombre de paz porque antepone la perversión a la rectitud y el caos al orden”.
No existe quien no ame la alegría, así como tampoco quien se niegue a vivir en paz" San Agustín O sea, que la primera acepción de “paz” que recoge la RA: “Situación en la que no existe lucha armada en un país o entre países”, se nos queda corta, muy corta. ¿El motivo? Algo podemos atisbar si atendemos a las otras acepciones que también recoge la RAE: “Relación de armonía entre las personas, sin enfrentamientos ni conflictos. Estado de quien no está perturbado por ningún conflicto o inquietud”. Para que la paz nos colme necesitamos mucho más que la mera ausencia de guerra abierta.
La paz de los malvados Pero enseguida surge el problema: sí, hay que tratar de evitar la guerra, con su reguero de sangre, muerte y destrucción, pero pronto constatamos que la mera ausencia de guerra no acaba de dejarnos satisfechos. Se ha hablado de paces armadas y de guerras encubiertas o híbridas. De hecho, son muchos quienes sienten que ciertas paces merecen también nuestro rechazo. Como cantaba un veterano grupo punk: “No queremos esta paz podrida, es un
Las guerras justas existen Por eso mismo, en ciertas ocasiones, la guerra puede ser mejor que ciertos tipos de paz. Se equivocan pues los pacifistas que nos presentan la guerra…