La Antorcha
Evangelio

Reflexiones de los Evangelios la medida en que nos acercamos a la Virgen.

Febrero 2026·5 min de lectura

violencia y demonizan el uso de la fuerza en cualquier circunstancia, como si la paz pudiera sostenerse alzando unos pocos claveles. Por otro, están quienes parecen tener una admiración un tanto siniestra por cualquier conflicto, convencidos de que siempre es buen momento para la guerra y que no hacen falta demasiadas justificaciones para iniciarla. La realidad es que, como en tantas otras cuestiones, la virtud se encuentra en el término medio. Lo deseable es la paz que, sin Cristo no es posible, y se convierte en una burda teatralización, en una mueca inane y frustrante. Y, a su vez, el uso de la fuerza es a veces legítimo y, no solo eso, sino que, en ocasiones, es

el camino necesario para alcanzar la paz, restaurar la justicia o defender un bien que está siendo amenazado. El ideal es que la familia pueda caminar en paz por la calle. Pero si alguien pretende agredir a la madre, la obligación del padre (y de los hijos mayores) es salir en su defensa, incluso con el uso de la fuerza, si fuera necesario. No quedarse observando después de un intento frustrado de diálogo, máxime si entre el padre y los hijos tienen posibilidades reales de neutralizar al agresor. Pero tampoco se trataría de dejar al atacante tendido en el suelo en coma, si ello no fuese indispensable para proteger a la madre. Sin embargo, si es el padre el que pasea sin compañía y un agresor se abalanza sobre él, puede recurrir al uso de la fuerza para defenderse, pero también podría no hacerlo y aceptar la agresión. Vemos por tanto que hay situaciones en las que el uso de la fuerza no solo es una opción, sino una obligación moral, máxime cuando se trata de la defensa del prójimo.

La violencia es un ataque al orden natural (ya sea mediante las leyes, la fuerza física…) el uso legítimo de la fuerza es cosa distinta, que merece otra consideración moral, pues pretende defender y restaurar ese orden natural que está siendo atacado. Sobre todos estos temas reflexionaremos en el presente número, procurando huir de las guerras actuales que, por su carga emocional, nos distraerían de un análisis sereno, serio y en profundidad sobre la guerra en general y sus implicaciones morales. Especialmente provocador es el caso de los mártires y los cruzados, dos posturas igualmente cristianas ante el conflicto. Tenemos el ejemplo de las mártires de Algemesí, recogido en Cartas desconocidas de una familia mártir: María Teresa y sus hijas (Naranja Editorial), del sacerdote Salvador David; o el de los requetés y las margaritas que en la Cruzada del 36 se alzaron en armas para defender a Dios, la Religión, la Iglesia y la Patria, narrado con gran belleza en Las últimas cartas del requeté (Almuzara), por Pablo Larraz y Pilar Sáez de Albéniz. Unos, aceptando la muerte sin combatir. Otros, combatiendo y a veces también muriendo. En el caso de las mártires de Algemesí, los milicianos de la II República apresaron a las cuatro hijas, todas religiosas, para asesinarlas. La madre pidió acompañarlas y solicitó además ser la última en morir, para asegurarse de que sus hijas perseveraban hasta el final, como así sucedió. En el caso de Mateo Arbeloa, narrado en Las últimas cartas del requeté: correspondencia de guerra de Mateo Arbeloa y Josefina Muru vemos que se hizo uso legítimo de la fuerza para defenderse de un ataque sistemático y cruel contra la Iglesia y la población católica en España.

Por ello la Guerra Civil tuvo espíritu de cruzada, y así fue conocida durante mucho tiempo. Si verdaderamente amamos y deseamos la paz, el uso de la fuerza no tiene por qué repelernos ni entusiasmarnos. Ambas posturas extremas —el pacifismo absoluto y el belicismo ciego— son dos caras de la misma moneda: lejos de favorecer la paz y la justicia, se convierten en su principal obstáculo. En la vida familiar sucede algo parecido. Un padre que nunca ejerce una corrección firme dif