se acerquen a mí… aunque hagan ruido Los primeros años de vida son esenciales para el apego: a la familia, a los amigos, al hogar… y también a Dios. Santos como Teresa, san Juan Pablo II o san Enrique de Ossó lo tenían claro. Y la experiencia cotidiana de las familias lo confirma.
S
i tiene la temeridad contracultural de tener hijos pequeños, y además, va con ellos a misa, es muy probable que se vea, antes o después, ante este cuadro clínico: un sudor frío le recorrerá la espalda mientras se afana por conseguir que sus pequeños mantengan la compostura; sentirá –en un efecto delirante… o no– que todas las miradas se clavan en su cogote, juzgándolo condenatoriamente (aunque lo común es que cada quién esté en su mundo); elevará a niveles sobrehumanos su atención para intentar no perder ripio de la celebración y, a la vez, evitar que un chupete salga volando contra el lampadario o que su hijo confunda el pasillo central con una pista de atletismo. Y, sobre todo, experimentará una mezcla de compunción, recogimiento y terror en el momento de la consagración, cuando toda la feligresía esté en silencio y de rodillas, y su bebé se agite con ese espasmo tan suyo previo a un berrido de campeonato. Y, sin embargo, no deje usted de ir a misa con los niños. Aunque lo pase mal. Aunque tenga que salirse unos minutos al atrio para calmarlos y no distraer demasiado al resto de fieles. Aunque llegue tarde domingo sí, domingo también. Aunque la
misa de niños le parezca un espanto, pero sea la única en la que otros pequeños arman más barullo que el suyo. No ayuda, es cierto, la actitud hostil de ciertos feligreses que no acaban de comprender el momento histórico que vivimos, y que pasan por alto que el futuro de la Iglesia exige que haya familias que vayan al templo con su tropa. Tampoco son de ayuda esos padres laxos que se despreocupan por sus hijos, sin enseñarles unas mínimas normas de urbanidad (litúrgica). Pero cada época de la vida tiene sus batallas y sus cruces, y esas cuitas tan desagradables suponen la dimensión social del flagelo que hace crecer la virtud en la época de crianza. En ocasiones, la “puerta estrecha” del Evangelio se parece bastante a la entrada pequeña del Imaginarium. Y, guste más o guste menos, atravesarla es el único modo de que un pequeño de cinco, seis o siete años –y en adelante– aprenda a comportarse en misa, vaya entendiendo cada parte de la misa, sepa qué responder y por qué durante la liturgia, entienda que en la consagración “viene Jesús, de verdad”, sienta la parroquia como su casa, se ponga en la fila no para comulgar sino para recibir la bendición del sacerdote, y
aproveche el momento de la comunión para rezar en silencio y de rodillas por aquello que tiene en su corazón de niño.
los padres, los hermanos, los amigos y la comunidad, y redundan en una vida afectiva más sólida. Ergo, ¿qué razón hay para dejar a Dios fuera de esa ecuación? Porque, además, rezar con los hijos –y rezar por los hijos– es una de esas tareas en las que nadie puede suplir a los padres. Y si cuando son pequeños puede bastar la oración nocturna que transmita fórmulas y jaculatorias que permanecerán, conforme van creciendo es necesario introducirlos en el diálogo íntimo con Jesús y con María. Entre otras cosas, porque la oración de un niño es un misil en la línea de flotación del enemigo, y un arma más poderosa que una resolución de la ONU. Curiosamente, la tentación de los padres es aflojar en la dimensión espiritual de sus hijos conforme van creciendo y adentrándose en los afanes del mundo. Como si los deberes, las extraescolares o la carrera fuesen más importantes que el trato con el Hacedor del Cosmos, o como si el Dios-connosotros fuese una fábula infantil. Ojo con eso, que dice mucho de la fe de los adultos. San Juan Pablo II lo sintetizaba de este modo, en la que debería ser lectura de cabecera para cualquier familia que se tome en serio lo de ser iglesia doméstica: Familiaris Consortio: “Los padres cristianos tienen el deber específico de educar a sus hijos en la plegaria, de introducirlos progresivamente al descubrimiento del misterio de Dios y del coloquio personal con Él. (…) Y el elemento fundamental e insustituible de la educación a la oración es el ejemplo concreto, el testimonio vivo de los padres; sólo orando junto con sus hijos, el padre y la madre, mientras ejercen su propio sacerdocio real, calan profundamente en el corazón de sus hijos, dejando huellas que los posteriores acontecimientos de la vida no lograrán borrar”. No está la vida, ni el futuro, para dejar a nuestros hijos sin saber cómo utilizar “las armas de Dios”, las únicas que van a permitirles “resistir las asechanzas del demonio”.
Sólo orando junto con sus hijos, el padre y la madre… calan en el corazón de ellos, dejando huellas que la vida no lograrán borrar" Llevarlo al templo desde pequeño, en lugar de turnarse o quedarse en el parque, puede que sea más incómodo, pero es lo que nos corresponde a los padres en nuestra responsabilidad de primeros educadores en la fe de nuestros hijos. ¿O es que alguien puede imaginar a José y a María dejando al Niño fuera de “las cosas de su Padre”? Eso sí: la responsabilidad de mostrar a los hijos el rostro de su Padre no se agota en la celebración dominical. Ni tampoco se limita al “Jesusito de mi vida”. Explicaba santa Teresa de Jesús, en su Libro de la Vida, que fue el testimonio de sus padres lo que despertó en ella “a la edad de seis o siete años” el deseo de amar a Dios. Y mencionaba de forma concreta el ejemplo de su padre en el trato con los demás, la devoción de su madre al rosario y el modo de orar de ambos, a ojos de sus hijos. También san Enrique de Ossó explicaba la importancia de “formar la imagen de Jesús en el corazón de la niñez”. Las modernas teorías del apego demuestran que los primeros años de vida son esenciales para fijar los vínculos con
Veinticuatro horas ante el Santísimo: así transforma la adoración perpetua a quienes la viven
E
n el silencio de la noche, cuando la ciudad descansa y las luces se atenúan, hay lugares donde la vida espiritual permanece encendida. Son las capillas de adoración eucarística perpetua, espacios donde, a cualquier hora del día o de la madrugada, siempre hay alguien velando ante el Santísimo. Esta práctica, profundamente arraigada en la tradición de la Iglesia, ha experimentado en España un crecimiento notable en las últimas décadas. La adoración perpetua tiene su origen en la segunda mitad del siglo XX, pero hunde sus raíces en la devoción eucarística que siempre ha acompañado a la Iglesia. En España, su desarrollo reciente comienza en 2004, con la apertura de la primera capilla en Cancelada (Málaga). Así se inició una
red que hoy cuenta con decenas de espacios repartidos por todo el país. “En España actualmente tenemos setenta y seis capillas y en el próximo mes de mayo se abrirá la setenta y siete”, explica Eufemio Romano, adorador perpetuo y delegado de los Misioneros de la Santísima Eucaristía. A diferencia de otras formas de adoración, la perpetua no está sujeta a horarios limitados ni a celebraciones concretas. Es, en palabras del propio Romano, “una acción litúrgica de la Iglesia, prolongación de la adoración por antonomasia que es la santa misa”. Su rasgo distintivo es la continuidad: las