La Antorcha
Reportaje

Aprendizaje, duelo y oración: la muerte más allá del game over

Abril 2023·5 min de lectura

140 - Esclavos fantasma y zombis digitales. En Internet no muere nadie 142 - La Sábana Santa: el retrato de un sacrificio, la prueba de una resurrección

Carta del director

T

odos los lectores del segundo número de La Antorcha, más pronto o más tarde, abandonaremos este valle de lágrimas. Algunos, antes de que llegue ese momento, tendrán ocasión de detenerse en algún lugar acogedor a comer algo sabroso, otros podrán chapotear en el río para refrescarse y reír un rato y otros no encontrarán siquiera un lugar donde descansar durante el viaje al otro lado del valle. Pero el final será el mismo para todos. Es inevitable, por mucho que la ciencia moderna se empeñe en intentar lo contrario: las células mueren y la carne se descompone. El editor y productor milanés Angelo Rizzoli, en su lecho de muerte, cuando recibía la extremaunción, exclamó: “¡No me puedo morir! ¡Soy el hombre más rico de Europa!” y

es que hay verdades que conviene descubrir y vivir antes de que sea demasiado tarde. No tanto por no caer en el ridículo, como por no caer en lo que Fabrice Hadjadj cuenta en su libro Tenga usted éxito en su muerte: “Nuestro final nos hace abrir los ojos como platos dolorosa y aterradoramente, como les ocurre a los cerdos que son sacrificados. Estábamos contentos con nuestro comedero, nos habíamos cebado bien y no habíamos visto que la comodidad y el engorde eran para nuestro próximo degüello”. Aquí de lo que se trata es de averiguar si ese degüello, que se nos acerca desde el día de nuestro nacimiento, puede iluminar toda nuestra existencia. Si tiene un sentido que pueda dotar de plenitud estos años previos antes de nuestro funeral.

Y para responder a estas preguntas hay que ir en dirección contraria a la del mundo, que huye de la muerte y del sufrimiento a toda prisa, como si eso fuera posible. No podemos ser presa del pánico, aunque tener miedo al adentrarnos en este número es signo inequívoco de buena salud. No se trata de un juego masoca, sino de mirar a la muerte y al dolor con el miedo y el respeto que merecen. Como también dice Hadjadj, tener presente la muerte genera una cultura de la vida, lo contrario acaba conduciéndonos a una cultura de la muerte. Como bien cuenta Chapu en este mismo número, el torero tiene que salir al ruedo con miedo, porque sabe a lo que se enfrenta y no está loco. Pero el pánico es otra cosa, es enfrentarte a algo para lo que no te has preparado. Y allí tienes las de perder, te pilla el toro porque las sombras se apoderan de ti y te dominan. Y así es como tenemos que vivir nuestra vida, como un torero, saliendo al ruedo de la vida con el miedo de aquel que sabe a qué se enfrenta y el final que le espera, para que, al llegar el momento, mantenga el control y no corra como pollo sin cabeza. Este afán por esconder la muerte lo impregna todo: desde alejar los cementerios de las ciudades, pasando por eliminar los velatorios en casa o convertir los tanatorios en algo parecido a un hotel de cuatro estrellas, hasta la modificación del lenguaje, que convierte lo que toda la vida ha sido un suicidio asistido en una “buena muerte”. Así que en este número hemos intentado iluminar todo aquello que, igual que en Un mundo feliz de Aldous Huxley, han pretendido escondernos: los cementerios, los enfermos terminales, los rituales en torno a la muerte, el dolor, los hospitales… porque la negación de esto nos lleva a otro problema creciente del que también hablaremos en estas páginas: el suicido. Que es ese pánico

que a uno lo domina cuando tiene que enfrentarse a un monstruo para el que no estaba preparado. Que la muerte es el gran tema, es algo en lo que coincidimos todos los que estamos detrás de La Antorcha. Y tan es así que seguramente le dediquemos futuros números. Se han quedado fuera muchas ideas que nos habría gustado tratar. Si nos hacemos las preguntas correctas sobre la muerte y conseguimos encontrar las respuestas adecuadas, tendremos lo suficiente para vivir una vida de verdad, más acorde a lo que se espera de un humano y menos parecida a la que vive un animal. Si vivimos en la abundancia, la muerte es un yugo que cada vez aprieta más. Si fracasamos en esta vida (el mayor de los pecados mundanos), la muerte es una liberación. Yo puedo decir que siempre he tenido el regalo de vivir la muerte como una gran fiesta de liberación. En casa nunca han querido guardarla en el sótano. Ha estado bien presente desde siempre. A los abuelos los hemos acompañado en su agonía y hemos rezado y cantado junto a su lecho de muerte, que se convertía en un altar desde el que subían nuestras plegarias hasta el cielo. A los nuestros los hemos enterrado siempre cantando a una sola voz el Himno de la Perseverancia, que es de una belleza sin igual, mientras sellaban la lápida, y finalizado el acto de dar sepultura al difunto, una multitud nos hemos reunido en torno a una mesa regada con buen vino y acompañada