La Antorcha
Reportaje

El cordero de Pascua

Abril 2023·5 min de lectura

momento, tendrán ocasión de detenerse en algún lugar acogedor a comer algo sabroso, otros podrán chapotear en el río para refrescarse y reír un rato y otros no encontrarán siquiera un lugar donde descansar durante el viaje al otro lado del valle. Pero el final será el mismo para todos. Es inevitable, por mucho que la ciencia moderna se empeñe en intentar lo contrario: las células mueren y la carne se descompone. El editor y productor milanés Angelo Rizzoli, en su lecho de muerte, cuando recibía la extremaunción, exclamó: “¡No me puedo morir! ¡Soy el hombre más rico de Europa!” y

es que hay verdades que conviene descubrir y vivir antes de que sea demasiado tarde. No tanto por no caer en el ridículo, como por no caer en lo que Fabrice Hadjadj cuenta en su libro Tenga usted éxito en su muerte: “Nuestro final nos hace abrir los ojos como platos dolorosa y aterradoramente, como les ocurre a los cerdos que son sacrificados. Estábamos contentos con nuestro comedero, nos habíamos cebado bien y no habíamos visto que la comodidad y el engorde eran para nuestro próximo degüello”. Aquí de lo que se trata es de averiguar si ese degüello, que se nos acerca desde el día de nuestro nacimiento, puede iluminar toda nuestra existencia. Si tiene un sentido que pueda dotar de plenitud estos años previos antes de nuestro funeral.

Y para responder a estas preguntas hay que ir en dirección contraria a la del mundo, que huye de la muerte y del sufrimiento a toda prisa, como si eso fuera posible. No podemos ser presa del pánico, aunque tener miedo al adentrarnos en este número es signo inequívoco de buena salud. No se trata de un juego masoca, sino de mirar a la muerte y al dolor con el miedo y el respeto que merecen. Como también dice Hadjadj, tener presente la muerte genera una cultura de la vida, lo contrario acaba conduciéndonos a una cultura de la muerte. Como bien cuenta Chapu en este mismo número, el torero tiene que salir al ruedo con miedo, porque sabe a lo que se enfrenta y no está loco. Pero el pánico es otra cosa, es enfrentarte a algo para lo que no te has preparado. Y allí tienes las de perder, te pilla el toro porque las sombras se apoderan de ti y te dominan. Y así es como tenemos que vivir nuestra vida, como un torero, saliendo al ruedo de la vida con el miedo de aquel que sabe a qué se enfrenta y el final que le espera, para que, al llegar el momento, mantenga el control y no corra como pollo sin cabeza. Este afán por esconder la muerte lo impregna todo: desde alejar los cementerios de las ciudades, pasando por eliminar los velatorios en casa o convertir los tanatorios en algo parecido a un hotel de cuatro estrellas, hasta la modificación del lenguaje, que convierte lo que toda la vida ha sido un suicidio asistido en una “buena muerte”. Así que en este número hemos intentado iluminar todo aquello que, igual que en Un mundo feliz de Aldous Huxley, han pretendido escondernos: los cementerios, los enfermos terminales, los rituales en torno a la muerte, el dolor, los hospitales… porque la negación de esto nos lleva a otro problema creciente del que también hablaremos en estas páginas: el suicido. Que es ese pánico

que a uno lo domina cuando tiene que enfrentarse a un monstruo para el que no estaba preparado. Que la muerte es el gran tema, es algo en lo que coincidimos todos los que estamos detrás de La Antorcha. Y tan es así que seguramente le dediquemos futuros números. Se han quedado fuera muchas ideas que nos habría gustado tratar. Si nos hacemos las preguntas correctas sobre la muerte y conseguimos encontrar las respuestas adecuadas, tendremos lo suficiente para vivir una vida de verdad, más acorde a lo que se espera de un humano y menos parecida a la que vive un animal. Si vivimos en la abundancia, la muerte es un yugo que cada vez aprieta más. Si fracasamos en esta vida (el mayor de los pecados mundanos), la muerte es una liberación. Yo puedo decir que siempre he tenido el regalo de vivir la muerte como una gran fiesta de liberación. En casa nunca han querido guardarla en el sótano. Ha estado bien presente desde siempre. A los abuelos los hemos acompañado en su agonía y hemos rezado y cantado junto a su lecho de muerte, que se convertía en un altar desde el que subían nuestras plegarias hasta el cielo. A los nuestros los hemos enterrado siempre cantando a una sola voz el Himno de la Perseverancia, que es de una belleza sin igual, mientras sellaban la lápida, y finalizado el acto de dar sepultura al difunto, una multitud nos hemos reunido en torno a una mesa regada con buen vino y acompañada de un delicioso manjar mientras los recuerdos, las anécdotas y las bromas (con el difunto como protagonista del banquete) se sucedían sin parar. Ese ha de ser, a mi humilde entender, el modo de recibir a la muerte cuando por fin se presente, con una fiesta. Pues pocos castigos serían más duros que la inmortalidad en esta vida.

La muerte: ¿enemiga o hermana? ¿castigo o don? Hemos sido hechos para no morir jamás. Y sin embargo, si hay algo seguro, inevitable, ineludible, es la muerte. De aquí el miedo, la tensión, el revolvernos contra esa inexorable sentencia, porque sabemos en lo más hondo de nuestro ser que no deberíamos morir.

N

Nos prometen el Día de la Marmota como si fuera algo apetecible cuando en realidad, como bien sabe Bill Murray, es una cruel maldición.

o era ese el plan de Dios. Fuimos creados para vivir eternamente: tras una vida en el paraíso terrenal, a nuestros primeros padres (y nosotros tras ellos) les estaba destinado llegar al cielo para vivir eternamente con Dios. Una transición desde la tierra al cielo suave, sin dolor ni padecimientos. Pues, aunque el hombre poseyera naturaleza mortal, Dios lo destinaba a no morir (CIC, 1008). Pero, lo sabemos bien, llegó el pecado de nuestros primeros padres y por el pecado entró la muerte en el mundo. Expulsados del jardín del Edén, no solo tenemos que sudar para comer el pan y damos a luz con dolor, sino que estamos condenados a pasar por la experiencia traumática de la muerte. Algunos, como nuestros transhumanistas hodiernos, aspiran a alargar nuestra vida terrenal. Los hay que nos prometen la vida eterna… en este mundo. Pero a poco que uno reflexione un poco, se percatará de los problemas de esta tecnoutopía. Contemplar eternamente el paso del tiempo, la corrupción, la decadencia, las ruinas de lo que un día fue ilusionante… y el tedio, el atroz tedio de repetir una y otra vez lo mismo. Nos prometen el Día de la Marmota como si fuera algo apetecible cuando en realidad, como bien sabe Tom Hanks, es una cruel maldición.

Algo similar ocurre con aquellas explicaciones, bienintencionadas, que nos presentan la vida eterna como la repetición sin fin de algo bueno. ¿Cómo será el cielo? Si te gusta el fútbol, será como ver ganar a tu equipo la Champions una y otra vez; si te gusta un buen chuletón, comer los mejores sin saciarse jamás. Pero enseguida entendemos que lo que se configura ante nosotros con estas visiones de la vida eterna no es precisamente el cielo, sino más bien un infierno en el que reina un angustioso tedio. Una condena que conseguiría que desearas con todas tus fuerzas la victoria, por una vez, de tu eterno rival, o que te haría mirar con envidia a los veganos. El equívoco nace, está claro, de nuestra incapacidad para vislumbrar cómo será la eternidad, de la imposibilidad de imaginar cómo puede ser vivir fuera del tiempo. Si esto ocurre tratándose del cielo, imagínate lo que sería lo mismo aquí: vivir eternamente en la tierra se convierte en la peor de las condenas posibles.

Ilustración | Un umbral de luz entre dos mundos: así imagina a la “hermana muerte” el ilustrador José Miguel de la Peña, a quien hemos encargado una pieza para acompañar esta reflexión nacida de la visión de san Francisco de Asís.

Ahora podemos entender algo a primera vista chocante: la muerte, nuestra última enemiga, la que va a ser derrotada por Cristo en la cruz, es llamada “hermana muerte” por san Francisco de…