La Antorcha
Reflexión

Teólogos sentados en montañas

Por Esperanza Ruiz

Noviembre 2024·5 min de lectura

POR ESPERANZA RUIZ | COLUMNISTA Y ESCRITORA

T

endría unos dos años y medio. Blanca volvía a casa dando una vuelta por el Zaidín. Al pasar por delante de la parroquia de san Miguel Arcángel se separó de su madre. Ésta sacó el móvil y decidió grabar dónde acababa la expedición de la criatura. Por eso ahora, en un vídeo casero que es una catequesis, podemos ver cómo la niña se acerca por su cuenta a la fachada de la iglesia, se detiene ante un azulejo de santa María del Triunfo y, mirándola, pregunta en voz alta: "Virgen María, ¿tú has comido? ¡Yo no!". Cualquiera que conozca a Blanquita entiende por qué está molesta por no haber almorzado aún y su cara contrariada bajo el flequillo rubio mientras regresa a su cochecito. Cualquiera que vea los cinco segundos que dura la filmación comprende de golpe Mateo 18,1.

En 1969, el joven y brillante teólogo alemán Joseph Ratzinger impartió una serie de charlas radiofónicas que fueron recogidas en el libro Fe y futuro (Ed. Sígueme, 1973). El primer capítulo se titula Fe y ciencia y no escamotea las preguntas incómodas. El entonces sacerdote sitúa nuestra época en una corriente de mentalidad positiva (tras etapas teológicas-mágicas y de metafísica absoluta): el positivismo, que se presentaba como una exigencia metódica de las ciencias naturales exactas invade también, a través de Wittgenstein, la filosofía. Por tanto, ésta ya no se cuestiona la verdad, sino la exactitud de los métodos empleados. La cientificidad moderna, su renuncia a la verdad, no libera al hombre de sí mismo. Justo en el momento en que se cierra el pensamiento moderno, justo en ese instante, se

manifiesta su insuficiencia. El hombre, que trata de deshacerse de la "carga de la fe", anhela la fe. Allá donde le deje la ciencia exacta, se siente inseguro, sólo percibe "jirones desgarrados de lo real". Allí se da la llamada a la fe. Ratzinger continúa explicando que la fe no es la hermana tonta de la ciencia, ni un paso previo que desaparece cuando llega el conocimiento científico. "La fe da una certeza segura pero distinta a la que procede del cálculo y el conocimiento. La fe no tiene origen en la ciencia sino que es primordial como ella. Es, como ella, nuclear y sustentadora de todo lo verdaderamente humano". No podemos clasificarla como un sistema de verdades, sino como una entrega. Es una adhesión a Dios, que se ha manifestado a sí mismo en Cristo. Que nos da la promesa de un amor indestructible y que no sólo solicita eternidad, sino que la otorga.

Les confesaré que, en lo personal, me sobran los algoritmos y las fórmulas matemáticas. Pascal llevaba cosida en el forro de la ropa una nota en la que se leía "el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, no el de los filósofos". Conecto, si me preguntan, con el ser divino de Dios. Con el que se hizo carne como la mía. No tanto con el Dios producto de la reflexión humana, sino con aquel al que se llega a través del fuego de una zarza. Al que contemplo a diario cuando cae la noche sobre el mar. A menudo pensamos que los milagros, que acontecían con normalidad en el Antiguo Testamento, son imagen de un cosmos regido por la voluntad de espíritus, pero no del nuestro, que se gobierna por leyes comprobables. Esto ocurre porque no nos damos cuenta de que nosotros somos uno. Estamos acostumbrados a lo inefable, vivimos –algo anestesiados- en la maravilla. Pero cuando nos despistamos y abandonamos el ensimismamiento, o dejamos a un lado la soberbia, unos versos nos calientan el corazón; el alma busca y encuentra; unos ancianos cogidos de la mano nos conmueven; la ternura nos llena los ojos de lágrimas; un padre cuidando una familia, una madre entregada nos parecen una alegoría del paraíso o la Serenata para Vientos de Mozart que nos eleva hasta tocar la cara de Dios. "La Fe, la confianza y el amor son, a fin de cuentas una misma cosa y todos los contenidos alrededor de los que gira la fe, no son sino concretizaciones del cambio radical: del yo creo en ti, del descubrimiento de Dios en la faz de Jesús de Nazaret hombre". (BXVI) Tal vez, sólo haga falta un corazón inflamado, una sed infinita y la confianza de un niño. El abandono y la seguridad que tiene un hijo ante la incondicionalidad de su padre. Para mí, Blanquita es un teólogo sentado en una montaña.

La Fe como la ciencia es nuclear y sustentadora de todo lo verdaderamente humano" Contaba el astrofísico estadounidense Robert Jastrow (1925-2008) en su libro Dios y los astrónomos que la ciencia estaba descubriendo cosas que la revelación ya había dicho. Y lo ilustra con una imagen muy sugestiva: "Para el científico que ha basado su vida en la fe en el poder de la razón, la historia acaba como un mal sueño. Ha escalado las montañas de la ignorancia, está a punto de conquistar el pico más alto y, cuando se alza sobre la roca final, es recibido por un grupo de teólogos que estaban sentados allí desde hace siglos".

Aliens y apocalipsis: ¿dónde está la ciencia ficción católica?

El género sci-fi ha mantenido una relación complicada con el catolicismo: a menudo ha ridiculizado la fe como superstición, pero también ha inspirado algunos textos memorables.

El año pasado, en estas mismas páginas, nos preguntábamos por los herederos de J.R.R. Tolkien, tratando de rastrear su herencia en la literatura fantástica de inspiración católica más moderna. Hoy queremos hacer lo propio con otro género: la ciencia ficción, un género que —como destaca el investigador Jim Clarke1— ha tenido históricamente una relación compleja con la fe católica. “El catolicismo, tal vez la que más de todas las fes del mundo, ha demostrado el mayor interés en temas cercanos a los intereses de la ciencia ficción, especialmente sobre la posibilidad de vida alienígena”, asegura Clarke, pero añade que, a cambio, una versión caricaturizada de la fe católica ha sido usad