Padres que no saben cuál es su lugar, madres desnaturalizadas, forzadas a convertirse en otro varón, padres femeninos, madres masculinas… de eso y de otras muchas cosas hablaremos en el número de La Antorcha que el lector tiene en sus manos.
A eso parece reducirse todo, al dinero que uno es capaz de ganar con su trabajo. Y ante esa lógica destructiva se han plegado incluso los que van por la vida con el puño en alto. La maternidad se ha convertido en una especie de castigo que no permite a la mujer hacer lo verdaderamente importante y aquello que la hará feliz por los siglos de los siglos: trabajar ocho horas al día para un jefe al que no conoce para poder ingresar a final de mes, en la mayoría de los casos, una modesta nómina.
Como muy bien explica Teresa Pueyo, la lógica del capital parece haber triunfado, y su triunfo ha arrasado con la familia. Parece que la mujer sólo se realiza –como decía Shakira en un arrebato de despecho–, si factura. Es muy digno y realiza mucho que una mujer se dedique a cuidar, por dinero, a los hijos ajenos en una guardería. Pero si decide hacerlo gratis en su casa, entonces es una vergüenza, un sometimiento.
El embarazo que, de manera muy bella, Teresa Pueyo compara con la Eucaristía – salvando todas las distancias–, se convierte hoy no en un milagro que da vida y nos muestra la huella del Creador sino en un obstáculo que hay que sortear o neutralizar para que no nos afecte.
Es motivo de orgullo social que una mujer trabaje de chef en un prestigioso restaurante, embolsándose una abultada cantidad de dinero gracias a sus menús, pero que los prepare para su familia sin recibir una nómina a final de mes parece menos admirable.
Como si la naturaleza misma fuera el problema, como si estuviéramos mal hechos, como si la realidad de las cosas fuera un castigo del que hay que huir a toda costa. Y este es el mundo en el que vivimos.
Salir del hogar se ha convertido en una necesidad, debido a los sueldos exiguos que se cobran y lo mucho que se ha encarecido la vida, y para que esa salida se haga con una sonrisa y con muchas ganas de trabajar, se ha vendido nada más y nada menos que como una liberación.
Y los principales damnificados de esta confusión son los niños, que han perdido los referentes que tenían en casa hasta hace poco y que ahora no tienen más remedio que buscar fuera o recibirlos distorsionados. Nadie sabe cuál es su lugar.
Tan grande es el dislate, que en los últimos diez años los casos de disforia de género se han multiplicado por cuatro mil. Cuenta Teresa Pueyo que el problema que sufrimos es el mismo que el de Caperucita Roja, a quien el lobo engaña porque nadie le ha explicado que el lobo es malo. Nunca ha visto uno, porque es una niña y su experiencia es muy corta, y como nadie la ha orientado, va por la vida desnortada. Así de importante es la paternidad, y no sólo para con los hijos biológicos, también hablaremos en este número de la paternidad espiritual, de aquellos que no pueden tenerlos y de aquellos que, sin tenerlos, pueden enseñarnos a ser padres, como es el caso de muchos santos. En este número de La Antorcha hemos querido ahondar en la raíz del problema, para descubrir que en la solución hay muchísima belleza y verdad, y también hemos querido recordar algunas obviedades un tanto olvidadas como por ejemplo que lo importante no es el tiempo de calidad vivido con los hijos, del que tanto se habla ahora, sino el tiempo, sea o no de calidad, tiempo del que por desgracia cada vez vamos más faltos. Pero espero que tengamos el suficiente para disfrutar de la lectura de este número que tanto bien puede hacer a nuestra familia.
UNA MADRE HABLA DE LA PATERNIDAD MASCULINANA
Solo la paternidad salvará el mundo POR CARMEN SÁNCHEZ-MAILLO | PROFESORA DE TEORÍA DEL DERECHO Y SECRETARIA ACADÉMICA DEL INSTITUTO CEU DE ESTUDIOS DE LA FAMILIA
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ay realidades humanas que te forjan, que te constituyen, que te arraigan de un modo esencial en el mundo, una de esas realidades, y de la que no se puede prescindir es la de tener un padre. Esta realidad se completa, se hace vigorosa y fructífera, si además ese padre quiere a la madre de sus hijos, se atreve a pasar la vida entera con ella, se perdonan, se necesitan y educan juntos. El feliz concurso de hombre y mujer juntos en la vida es una certeza antropológica de bien, que produce enormes beneficios de carácter vital y existencial. Esta certeza se fortalece siguiendo a Benedicto XVI cuando afirma “Sólo si la vida se concibe como un bien, si se entiende que la misma tiene un sentido, un origen y un destino que el ser humano puede conocer, únicamente así, se deseará tener hijos y transmitirles las convicciones más rocosas.”
Podemos afirmar con Benedicto:
