a vida humana es un don, puro regalo que nos ha sido dado. Y junto a esta realidad incontestable, puesto que nadie se da la vida a sí mismo, surge al tiempo la conciencia de que la vida humana, con todos sus avatares, está asociada a una profunda e insondable condición de misterio. A lo largo de la vida, la necesidad de encontrar respuesta a ese misterio nos atrae de un modo provocador y permanente. ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué existo? ¿Soy sólo fruto del azar o hay una voluntad superior a la mía que me quiso llamar a la existencia, con un propósito? Uno de los mejores modos de desentrañar este misterio inefable de la vida es atrevernos a hacernos preguntas. Un ejercicio, este de hacerse preguntas –incluso preguntas incómodas–, hoy ciertamente no muy de moda, pero que resulta esencial para alcanzar la madurez humana –y espiritual– con que estamos llamados a vivir. Por eso, me aventuro a
hacer a los lectores de La Antorcha tres preguntas en torno a la paternidad, origen de nuestra existencia, de las que esbozaré tres respuestas. Las lanzo también a modo de invitación, para que cada uno pueda responderlas para sí. La primera cuestión sería: ¿Existe relación alguna entre la paternidad divina y el ejercicio humano de la paternidad? Y la respuesta es, sin duda, que sí. La vida, ya lo hemos dicho, nos viene dada. Y, por tanto, levantando los ojos al cielo, a Dios Creador, pues Él es el origen de toda la vida, encontramos que la paternidad humana es como un calco de la suya. Vendría a ser como una prolongación de las cualidades de Dios, que Él ha puesto en el corazón y en la naturaleza humana, haciéndonos a imagen y semejanza suya. Porque Dios, que es fuente de vida y de toda vida, al hombre, varón y mujer, nos ha hecho capaces de transmitir la vida.
La Coronación de la Virgen. El Greco Wikimedia Commons
De ahí que haya un sexto mandamiento en la ley divina, que no se ciñe a la prohibición del mal uso de la sexualidad, sino que, como en todos los mandamientos, entraña un aspecto positivo, en este caso, el habernos creado capaces de transmitir la vida, y el mandato de vivir esta capacidad conforme al plan de Dios.
Ser buen hijo es lo que mejor te prepara para ser buen padre. Es un aprendizaje correlativo" Y si bien no todo el mundo tiene la experiencia de la paternidad humana, todos tenemos, sin embargo, la experiencia de la filiación: todos somos hijos de un padre y de una madre. San Juan de Ávila dice en la carta primera: “Aprenda a ser buen hijo quien tiene vocación de padre”. Está hablando allí de la paternidad espiritual, pero la aplica también para la paternidad biológica. Ser buen hijo es lo que mejor te prepara para ser buen padre. Es un aprendizaje correlativo. Y, de hecho, cuántas veces unos esposos que empiezan a ser padres biológicos se dan cuenta de lo que significa ser hijo. Han sido muchos los padres que me han dicho que al comenzar a tener hijos pequeños, al cuidarlos y amarlos, al desvivirse y sacrificarse por ellos, han caído en la cuenta de lo que sus padres habían hecho por ellos cuando eran niños, e incluso habían cambiado la relación con esos padres ya convertidos en abuelos. Esta reflexión la hacemos hoy en medio de un invierno demográfico, que sucede en un contexto de creciente secularización.
Y entraría aquí nuestra segunda pregunta: ¿Hay relación entre la crisis de paternidad que vivimos, y la crisis de fe que aqueja nuestras sociedades? Y, sin duda, la hay. Dios es quien da sentido a la vida humana en todos los aspectos, y es Jesucristo quien ilumina el misterio del hombre en todos los campos. Por ese motivo, cuando el hombre se aleja de Dios se aleja también del eje de su vida, porque hemos sido hechos para Él y nuestro corazón está inquieto hasta que en Él descanse. Cuando uno se aleja del eje de su vida, se desnorta, se despista –en todo su sentido– y se constituye en centro de sí mismo. Y al hacerlo, no pone en el eje central ni su razón, ni su voluntad, atributos divinos, sino su capricho, su gusto, sus sentimientos y emociones; en suma, la parte más voluble de su vida. Y con tan pobres mimbres sólo puede armar su vida en torno a una felicidad precaria, efímera y más emotivista que emotiva. Desde el punto de vista afectivo, no entiende la estabilidad y difícilmente atisba la hondura de la fidelidad y de la entrega, cualidades todas que están en Dios para con nosotros. Sin Él, uno vive al albur de las emociones, del paso del tiempo, y de las apetencias que cambian según el ánimo con que te levantes o te acuestes. Es en este contexto donde se entiende la crisis de paternidad, que no es sino la falta de deseo por engendrar, que nace de una falta de esperanza en la vida eterna y en la vida cotidiana. Nos falta esa esperanza capaz de mover, ordenar y armonizar la voluntad, la razón y el deseo para no ser esclavos de las sensaciones, del miedo y de la egolatría. Pero si la imagen de Dios Padre impacta en nuestra paternidad humana –y espiritual–, y hay tanta relación entre la crisis de fe y la crisis de natalidad, cabe hacerse una tercera pregunta:
¿No será, entonces, el anuncio explícito de Jesucristo, muerto y resucitado, también un remedio para la crisis demográfica que nos rodea? La respuesta se descubre al caer en la cuenta de la estrecha relación que hay entre el ejercicio de la paternidad y la conciencia de un Dios que es Padre. Y por ese motivo, hoy más que nunca la Iglesia tiene la preciosa tarea de anunciar el evangelio de la vida y el evangelio de la esperanza.
Que una generación como la nuestra no esté siendo capaz de transmitir la vida a la generación siguiente es el más claro síntoma de que la enfermedad que nos aqueja"
Detalle. Coronación de la Virgen. El Greco. Wikimedia Commons.
De esperanza ante el futuro y de esperanza en el presente. Y el único remedio para la desesperanza es en la conciencia de que Dios existe, que es nuestro Padre, que nos acompaña a través del Espíritu Santo en nuestro discurrir cotidiano, y que se nos entrega a través de Jesucristo para transformar y sublimar nuestra realidad cotidiana y la de quienes nos rodean. Ese es el evangelio de la esperanza, que de un modo tan acertado el papa Francisco nos ha señalado para este Año Jubilar 2025. Evangelicemos sin miedo y con responsabilidad, llamemos a la conversión del corazón, a la esperanza en la vida eterna y a la transformación real de nuestros entornos. Porque si crece la esperanza, crecerá la alegría; si crece la esperanza, crecerá el deseo de transmitir la vida; si crece la esperanza, crecerá la fraternidad de unos para con otros.
Porque la vida no solamente es engendrar hijos, sino que es también descubrir y adquirir la dignidad de hijos de un Padre, que nos abre a nuestra propia paternidad y a nuestra propia fecundidad humana y espiritual, en toda su grandeza. Así, la tarea evangelizadora consiste hoy en anunciar la buena nueva de una vida digna para el hombre, para la mujer, que nace de nuestra condición de hijos de Dios. Y, por tanto, consiste en mostrar el modo en que esa vida puede ser vivida según el plan de Dios, y prolongarse en los hijos. Que una generación como la nuestra no esté siendo capaz de transmitir la vida a la generación siguiente es el más claro síntoma de que la enfermedad que nos aqueja de forma global es, ante todo, una crisis de esperanza.
Cristina López del Burgo
Especialista en Medicina Familiar y en fertilidad:
“El camino de la infertilidad no es fácil, pero se puede llegar a tener una vida plena y fecunda” La doctora Cristina López del Burgo sabe lo doloroso que resulta para el matrimonio un diagnóstico de infertilidad, no sólo por sus investigaciones y experiencia clínica, sino por su propia vivencia personal. Por ese motivo, sabe bien hasta qué punto es posible vivir una “paternidad afectiva” aun sin tener hijos naturales, y sin optar ni por la adopción o la acogida, ni por las técnicas de fecundación artificial y sus “muchos efectos secundarios, algunos de ellos muy graves”.
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