comerte a Bambi? POR JORGE SOLEY | ECONOMISTA Y ESCRITOR
L
a carne es asesinato, o como decían los Smiths ya en los ochenta, Meat is Murder. ¿O es que todavía no te has enterado? ¿Aún no sigues el ejemplo de la actriz de Hollywood de turno –curioso, nos anuncian que se ha hecho vegana pero silencian cuando deja de serlo– o de la última youtuber? El futuro es comer verdura y, si te quieres dar un homenaje de vez en cuando, gusanos.
Todo lo demás es propio del hombre de las cavernas, felizmente superado. Los vegetarianos rechazan comer carne. Pero para los veganos son unos hipócritas: prohibido beber leche producida por otra especie, comer huevos es una atrocidad, tomar miel es pecado y los perros guía una esclavitud. Todo sea por reducir el “sufrimiento animal” y nuestra “huella de carbono”.
Sometidos a esta matraca, muchos dudan e incluso se vienen arriba e intentan darle una oportunidad al veganismo… hasta que sale a su encuentro un chuletón, un chorizo de Cantimpalos, un jamón de Guijuelo, un queso manchego curado o una tortilla de Betanzos. La carne –la nuestra– es débil y las tentaciones son tantas… Y además está el instinto, que quizá en esta ocasión no ande tan desencaminado. El debate sobre estas cuestiones raramente supera el más burdo emotivismo. ¿Cómo vas a comerte a ese ternerito tan mono que te mira con esos ojitos de no haber roto nunca un plato? Le debemos a sir Roger Scruton el haber pensado con seriedad sobre este asunto en el libro ¿Tienen derecho los animales? (Ediciones Cristiandad). El tema de fondo es de gran calado: ¿Somos los seres humanos unos animales más o, por el contrario, somos algo diferente? Scruton hace notar que en la actualidad la mayoría “carece de los conceptos que les permitirían comprender las profundas diferencias entre los seres humanos y los animales. Las viejas ideas del alma, el libre albedrío y el juicio eterno que hacían que la distinción entre animales y personas fuera tan importante y tan clara, han perdido su autoridad y no han sido sustituidas por otras ideas mejores”. Estaba muy claro: las criaturas se dividen entre las que poseen un alma racional y las que no. Esa diferencia es esencial e insalvable. Por eso comerse a un cerdo no es canibalismo. Por cierto, ¿no advierten los animalistas la contradicción en que incurren? Si reconocemos la superioridad del hombre somos unos soberbios especistas, pero si todos somos animales, ¿por qué no comernos los que nos apetecen, como hace el león, el oso o cualquier otro depredador? Ahora, señala perspicazmente Scruton, dividimos a los animales en mascotas y plagas, distinguiéndolos, no por sus hábitos,
Todo lo creado por Dios es bueno… rechazar un buen chuletón es un insulto a esa bondad paternal que quiere lo mejor para nosotros” sino por su apariencia. “A las mascotas se les otorga el estatus honorario de la comunidad humana, que a su vez tienen que vivir en una especie de mundo de Walt Disney para aceptarlas. Entre las mascotas, en efecto, se cuentan los ciervos, el zorro, el tejón y el visón, cuatro de los animales generalmente más dañinos para nuestros campos. Entre las plagas, nos encontramos el sapo, la rata de agua, la culebra de collar y la araña; las cuatro son muy útiles para la humanidad, así como vitales para el sistema ecológico, y sin embargo, se encuentran en constante descenso. A los ojos de muchas personas, racionales y decentes, las ratas pueden usarse en experimentos médicos, pero no los gatos; los ratones pueden ser cazados por los gatos, pero no los zorros por los perros; los pollos pueden vivir en jaulas estrechas, pero no los terneros”. Un disparate en toda regla, resultado de guiarnos exclusivamente por una sensibilidad desgajada de toda racionalidad. Lo cierto es que, a poco que uno supere su fase Bambi, cualquiera es capaz de percibir nuestra condición de animales racionales, radicalmente diferente del resto de los animales. Las diferencias son abrumadoras y citaremos sólo algunas entre las que reseña Scruton. Hay animales que pueden tener deseos, pero no toman decisiones, por eso se
los puede entrenar. Los deseos de los animales se refieren a objetos concretos, a peligros percibidos, a necesidades inmediatas, pero son incapaces de reflexionar sobre el pasado o el futuro. Los seres humanos, a diferencia de los animales, tenemos necesidad y capacidad de justificar nuestras creencias y acciones y de entrar en diálogo razonado con los demás. Los animales se relacionan entre sí, pero no como nosotros: gruñen para marcar su territorio, pero no se reconocen los unos a los otros ningún derecho de propiedad. Los animales no se critican unos a otros: si un león mata a un antílope, los otros antílopes no tienen conciencia de que se haya cometido un crimen contra la víctima y no tienen pensamientos de venganza. Los animales carecen de imaginación. Su cerebro es consciente de la realidad, pero no pueden especular sobre lo posible, y menos aún sobre lo imposible. Los animales carecen de sentido estético: disfrutan del mundo, pero no como de un objeto de contemplación desinteresada. No sienten indignación, sino sólo rabia, no sienten remordimiento, sino sólo miedo al látigo, no sienten ni amor erótico ni verdadero deseo sexual, sólo un apego mutuo y una necesidad de acoplamiento. Los animales no tienen humor ni son seres musicales. Las hienas no ríen ni tampoco los pájaros cantan realmente. Somos nosotros los que escuchamos la risa en la carcajada de la hiena y los que percibimos como música la canción del zorzal. Los animales carecen de habla y por lo tanto están privados de todos esos pensamientos, sentimientos y actitudes que dependen del lenguaje para su expresión. Podríamos seguir, y es probable que ya se te esté ocurriendo alguna otra diferencia, pero con esto basta. La cuestión que se plantea aquí a nuestra reflexión no es si los seres humanos somos como cualquier otro animal, sino cómo alguien ha podido llegar a conclusiones tan contrarias a lo que aparece como evidente para cualquier niño imberbe. Se atribuye a
Orwell aquello de que hay ideas tan absurdas que sólo un intelectual es capaz de creerlas. Ésta es una de ellas y a los intelectuales hay que sumar los esnobs que lo repiten para estar en la onda mientras su conocimiento real sobre los animales se limita a los reportajes de National Geographic.
A poco que uno supere su fase Bambi, cualquiera es capaz de percibir nuestra condición de animales racionales"
Los animales, en definitiva, no poseen alma racional, no son seres morales –por eso tampoco les culpamos cuando se comen a otro animal–. Si los animales poseyeran la autoconciencia y la autonomía del ser moral, entonces también tendrían derechos y deberes. Pero no las poseen. Un ser moral no puede ser tratado como una mascota, no puede ser adiestrado, domesticado o mimado sin su consentimiento. Tampoco sería lícito mantenerlo encerrado en nuestra casa, ni siquiera aunque fuera con el loable propósito de darnos compañía. La verdad es que uno puede amar a los animales y, al mismo tiempo cazarlos, comérselos, tenerlos como mascotas, usar sus pieles e incluso utilizarlos en experimentos. Lo cierto es que todo lo creado por Dios es bueno, un regalo inmenso que recibimos de su desbordante bondad. Por eso rechazar un buen chuletón es un insulto a esa bondad paternal que quiere lo mejor para nosotros. Como me recuerda un buen amigo, las proteínas también son hijas de Dios. Se entiende la imagen, aunque sería más preciso decir que son un don de Dios. Pero una vez ha quedado clara la diferencia entre personas y animales, también resulta obvio que los animales no son cosas, es decir, que son seres que sienten. Por eso, advierte Scruton, infringirles deliberadamente y sin ninguna razón dolor, miedo o hambre es tratarlos como si fueran cosas. Y eso es inmoral por la misma razón que es perfectamente moral que nos comamos un torrezno: porque hay que tratar a cada uno según lo que es. Tratar a los animales, que no son personas, como si lo…
