La Antorcha
Reportaje

¿Tiene la Iglesia algo que decir sobre economía?

Noviembre 2025·5 min de lectura

78 - Entrevista a Higinio Marín | “El hombre deja de poseerse a sí mismo porque vive para poseer cosas" 84 - Fabrice Hadjadj | La adivinanza del adinerado 90 - Club Dalroy | El distributismo hoy 92 - Julio Llorente | Liberalismo y fe 96 - Recomendaciones literarias 98 - La avaricia desde el arte 102 - Aforismos 104 - Mil pesetas 106 - La España del Siglo de Oro: la época en que el pensamiento lucía más que el dinero 110 - Donde hay monedas hubo civilización 114 - Dinero digital 118 - Entrevista a Fernando Paz | “"El globalismo es una síntesis de lo peor del capitalismo, del comunismo, del liberalismo y del fascismo"" 120 - El problema de Walter White 124 - ¿Por qué los dragones siempre acumulan tesoros?

Carta del director

A

menudo me descubro circulando en coche, en silencio, imaginando qué haría si de repente cayeran en mi bolsillo unos cuantos millones de euros. Hay en ello una parte de juego, de imaginación y otra, no menos importante, de preocupación, por aquello de tenerlo todo controlado. De tener el futuro asegurado, sin imprevistos, pensando, equivocadamente, que es la mejor manera de vivir tranquilo y sin demasiados sobresaltos. Justo lo que le aconseja el Diablo a su sobrino en la obra de Lewis, ― procurar que la gente esté muy preocupada por el futuro, ya que ello los aleja de Dios― . Lo mismo ocurre si alguien vuelve insistentemente la

vista hacia el pasado. Lo verdaderamente importante es el presente, ― momento en el que el Señor actúa en nuestras vidas― y debemos procurar vivirlo adecuadamente, sin detenernos demasiado en el pasado ni proyectándonos excesivamente en el futuro. De otro modo nos alejamos no sólo del Señor, sino también de nuestra vida y de la realidad. Y curiosamente, esa proyección hacia el futuro casi siempre tiene que ver con el dinero. Será porque en el fondo creemos que la mayoría de nuestros problemas desaparecerían y podríamos vivir más tranquilos, ― aspiración muy digna por otro lado― .

Pero la realidad es que los millonarios quieren que su matrimonio funcione, que sus amigos los quieran de verdad, que sus hijos no se pierdan por el camino… y se ven incapaces de conseguirlo a golpe de talonario. Han tenido que ganar mucho dinero para darse cuenta de que las preocupaciones verdaderamente importantes siguen robándoles la paz por ceros que tenga su cuenta bancaria. ¡Qué importante es el dinero y a la vez qué poco necesario para lo realmente valioso! Sin dinero no podríamos alimentarnos debidamente ni tener un techo donde cobijarnos ni podríamos educar a nuestros hijos, pero da igual tener poco o mucho porque lo que hará de nuestra casa un verdadero hogar será, a fin de cuentas, la calidad humana de las personas que en él vivan. Hay que ir con cuidado con el dinero, huir de quienes lo desprecian, seguramente movidos por el resentimiento, pero también de quienes lo idolatran, movidos por la ambición o la inseguridad. El dinero hay que saber utilizarlo. Precisamente para que nos ayude en esas necesidades vitales: educar a los hijos, alimentarlos debidamente, construir un hogar digno… pero, en la medida de lo posible, tratándolo con la santa indiferencia de la que habla san Ignacio. Si uno lo tiene, hay motivo para celebrarlo, pero también para estar vigilante porque será más complicado no convertirlo en un ídolo, en algo que amordace las preocupaciones y ofrezca un sucedáneo de paz al corazón. Y si otros no tienen tanto también es motivo de agradecimiento porque con mayor facilidad podrán vivir la sencillez y la austeridad, tan necesarias para llevar una vida ordenada.

También es importante diferenciar entre la ambición y el deseo de tener el dinero que nos permita vivir dignamente y hoy ambas cosas pueden confundirse porque hay una gran cantidad de gente que puede parecer ambiciosa, porque quiere cobrar más y porque quiere ahorrar, pero habría que ver si ese interés es fruto de la ambición o consecuencia de la precariedad laboral, del aumento del coste de la vida, de la dificultad para acceder a una vivienda digna a un precio razonable y otros tantos factores. En cualquier caso, si el dinero se convierte en la meta, en el fin, si seguimos la lógica del beneficio por el beneficio, todo se desordena. En las empresas no hay preocupación por el trabajador ― solo engañifas que bajo apariencia de cuidado y team building no buscan más que la motivación y la rentabilidad― , los trabajadores no son fieles a la empresa ni se sienten parte responsable de ella ― están dispuestos a abandonarla por cuatro perras― , las relaciones sociales se convierten en un horrendo y vulgar escaparate y el resentimiento campa a sus anchas desatado. Idolatrar y despreciar el dinero son las dos caras de la misma moneda, pues suponen un amor desordenado por él. Y lo que trataremos de exponer en este número de La Antorcha es la necesidad de ordenar nuestra relación con los bienes materiales. Es imperativo tratar el tema desde una perspectiva cristiana. El lector encontrará en estas páginas un titular que probablemente sea el mejor resumen de todo el número y la aproximación más precisa a la cuestión del dinero desde la fe: “El cristiano está llamado a vivir por debajo de sus posibilidades”. Austeridad, desprendimiento y generosidad son el epítome de las virtudes esenciales.

Precisamente. Jesucristo enfatiza que lo que nos libera de caer en la tentación de luchar y guerrear por la conquista del pan no son las revoluciones, ni las guerras, ni los conflictos violentos, sino buscar la palabra de Dios. Las otras tentaciones, como la ciencia que promete salvarte o la fama, son expresiones del poder que deriva del dinero. Si yo puedo cambiar la historia o hacer milagros para ser aplaudido, eso es parte de la parafernalia de nuestra sociedad de consumo y capitalista. El dinero promete fama, poder, la capacidad de cambiar tu cuerpo, tu psicología, de "realizarte". El resultado es una sociedad de obesos, consumistas, adictos, que parecen pasarlo bien pero viven con un rictus de tristeza, miedo al otro, y por ello, nuestra sociedad es hiperviolenta.

Ángel Barahona Catedrático de Teología

Poderoso caballero “Las guerras, los divorcios, las disensiones humanas... todo parece fundamentado en el dinero” Ángel Barahona es catedrático de Teología en la Universidad Francisco de Vitoria. Discípulo de René Girard, ha dedicado años a investigar cómo las dinámicas humanas desembocan con demasiada frecuencia en conflictos y guerras. En esta entrevista explora la compleja relación entre el ser humano, el dinero y la búsqueda de competencia y autoafirmación.

La secuencia riqueza-envidia-guerra ¿es inevitable? El dinero es la fórmula por la cual el hombre expresa su poder. Cuando alguien ostenta riqueza, busca atraer la mirada y el reconocimiento de los demás, generando envidia o la necesidad de ser como él. Esto es constitutivo de la antropología humana. Si nuestra valía proviene de la mirada del otro, entonces necesitamos exhibir nuestro ser, y esa reciprocidad de deseo y ratificación nos envuelve en un narcisismo constante. Este ciclo de querer ser reconocido y la búsqueda incesante de la satisfacción personal a través de la acumulación material es lo que lleva a la insatisfacción permanente y, por ende, al conflicto humano. La pregunta clave es si "tener" da el "ser". Si es así, se impone la necesidad de acumular, lo que inevitablemente genera antagonismos, guerras, diatribas entre naciones y conflictos sociales.

¿Qué es el dinero antropológicamente hablando? Cuando uno se adentra en textos como la Epístola de Timoteo, se encuentra con una afirmación contundente: "El dinero es la causa de todos los males del mundo". Puede sonar absolutista, pero en esencia, cuando el ser humano ambiciona, codicia lo que posee el vecino –lo que en el décimo mandamiento se prohíbe–, se despierta una envidia mimética. El dinero se convierte, así, en una de las grandes fuerzas que motivan al hombre. Es la vía por la cual el ser humano manifiesta su poder y atrae la mirada de los…