La Antorcha
Reportaje

La arquitectura y la oración: espacio, signo y orientación hacia Dios

Junio 2026·5 min de lectura

protagonista. A primera vista podría parecer que ambos temas guardan poca relación entre sí, pero están más unidos de lo que pensamos. Solo en Cristo pueden darse el perdón y la paz sinceros, pues sin él el mundo está condenado a una paz siempre frágil, a una fachada temporal. La historia lleva milenios enseñándolo. “Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad”. (Ef. 2, 14)

Por el pecado original estamos inclinados a un enfrentamiento constante que solo se ve apaciguado y sanado por la relación con Dios, el único capaz de transformar el corazón del hombre y por tanto también a la sociedad. Ahí radica el único progreso que existe: en reconocernos hechos a imagen y semejanza de Dios y crecer en respuesta y comprensión a esta verdad. Los demás progresos son sucedáneos que adquieren cada vez formas más caricaturescas y desagradables.

“La criatura sin el Creador desaparece […] Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida” Gaudium et Spes. Y para evitar esto hace falta una comunicación real entre Padre e hijo, entre Creador y criatura, tan real y concreta como la que podamos tener entre esposos o entre amigos. Sin esa comunicación con Dios, sin esa relación de servicio y amistad difícilmente creceremos en amor al Señor, difícilmente seremos otro Cristo en la tierra, y difícilmente nos convertiremos en instrumentos cumplidores de su voluntad. La oración debe ser el sustento de todo aquel que se llame cristiano, lo contrario es vivir una farsa. Igual que lo sería en un matrimonio el hecho de que los esposos no intercambiasen palabra alguna durante la semana por mucho que el domingo quedasen para dar un paseo cual perfectos desconocidos. La oración puede darse en muchos espacios y de muchas maneras, la riqueza de la Iglesia al respecto es grande, pero tiene que darse. Por supuesto atendiendo al contexto, pues no es lo mismo un monje benedictino que un padre de familia, pero conviene saber que, seguramente, estamos rezando por debajo de nuestras posibilidades. Todo cambia cuando uno descubre al Amado, a aquel que nos amó primero, entonces la vida se vuelve oración continua. Y fruto de esa oración continua es vivir la vida como combate, el noble combate de la fe, con el único objetivo de extender el reino de Cristo y no permitir que nadie destruya nuestra amistad con él.

Tanto es así que la vida de oración sin combate no es auténtica vida de oración y se vuelve estéril, se convierte en un pietismo que no transforma, que no comprende en su totalidad la grandeza de Dios y la naturaleza del hombre. “La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. Los grandes orantes de la Antigua Alianza antes de Cristo, así como la Madre de Dios y los santos con Él nos enseñan que la oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador que hace todo lo posible por separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar habitualmente en su Nombre. El ‘combate espiritual’ de la vida nueva del cristiano es inseparable del combate de la oración” Catecismo de la Iglesia Católica 2725. De igual mod