La liturgia, escuela de oración POR RODRIGO MENÉNDEZ PIÑAR, PBRO. | SACERDORTE
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a sagrada liturgia, como ejercicio del sacerdocio de Jesucristo, es la oración más sublime con la que el cristiano puede y debe dar culto y honrar a Dios. En la larga y rica tradición de la liturgia romana, la santa Iglesia supo engendrar, con la elegancia que da la decantación tranquila de los siglos, muchos ritos, ceremonias, símbolos, oraciones, fiestas, cantos... que han ido formando todo un monumento religioso, que ha elevado las almas de los fieles de la mejor manera posible al buen Dios. Tan así, que quizá no exista mejor escuela para aprender oración que zambullirse en el espléndido patrimonio litúrgico de la Iglesia, desarrollado desde los inicios para engarzar aquellas siete gemas divinas y así reflejasen, en una multitud exquisita de matices, sus ocultas riquezas. Santo Tomás de Aquino, durante la última Cuaresma de su vida, predicó en
Nápoles unos sermones que recorrían los artículos del credo, los mandamientos de la ley de Dios, la salutación angélica y las súplicas del padrenuestro. Al inicio de su comentario sobre la oración que enseñó el Divino Maestro, dice que esta cumple las cinco condiciones que ha de tener toda oración: confiada, recta, ordenada, devota y humilde. Si cualquier oración del cristiano ha de tener estas propiedades, la Vox Sponsae también las tendrá de manera cumplida, convirtiéndose en un arquetipo que despliega todo un abanico de tesoros, aunando la profunda experiencia de la vida cristiana con la eterna novedad de adentrarse en el misterio divino. Cuando uno no depende de sus movimientos interiores o, incluso, de su inventiva personal o comunitaria —más o menos de moda— para buscar el trato
martyribus. Asimismo, cuando pedimos por los demás y sus necesidades, todo tiene su orden: pro redemptione animarum suarum, pro spe salutis et incolumitatis suae.
con Dios, sino que tiene la seguridad de unirse a todo el cuerpo místico de Cristo; y cuando sus palabras y su corazón quedan como envueltos y presentados a Dios como si fueran —y lo son en la liturgia— los de la propia Iglesia, no puede sino experimentar una profunda seguridad de ser escuchado. Es una oración confiada, que sabe que Dios qui laetificat iuventutem meam lo renueva cada mañana haciendo nuevas todas las cosas. No es una oración autorreferencial, atenta a las inclinaciones propias, sino llena de santo temor, pues ante él tremunt potestates, pendiente del fin último de todo: laudamus Te, benedicimus Te, adoramus Te, glorificamus Te. En esta escuela, aprendemos algo fundamental: el centro no somos nosotros, sino Dios: Te igitur, clementissime Pater... y por eso, a la hora de pedir y presentar nuestras súplicas, la oración ha de ser recta. Lo primero de todo será siempre la obra misma de Dios que ha traído la salvación al género humano: in primis quae tibi offerimus pro Ecclesia tua Sancta Catholica... para que se digne pacificarla y guardarla, traerle la unidad en la santa fe, de tal modo que sea él mismo quien la gobierne en el mundo entero, pues Jesucristo ha de ser “el obispo y pastor de nuestras almas” (1Pe 2, 25). La oración, como la vida cristiana, no es sino per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso. Se pueden pedir muchas cosas en la oración, pero de manera ordenada. Así, las intenciones que son comunes a la Iglesia triunfante del cielo, con la que nos unimos en la liturgia, son siempre las principales. “Pedid y se os dará” (Mt 7, 7) y Dios se complace en ser generoso con aquellos que acuden a él. Pero también nos dice la Escritura: “Pedís y no recibís, porque pedís mal” (St 4, 3). Primero siempre los bienes sobrenaturales, que nos asocian a los santos, y el resto se nos dará por añadidura: partem aliquam et societatem donare digneris, cum tuis sanctis Apostolis et
Quizá no exista mejor escuela para aprender oración que zambullirse en el espléndido patrimonio litúrgico de la Iglesia" ¿Quién no busca que su oración sea devota? Pero la devoción no es sensiblería, sino, según santo Tomás, la prontitud de la voluntad para las cosas del servicio de Dios. Por eso, la oración implica un corazón en pie, presto delante de Dios: Sursum corda. Habemus ad Dominum. Sólo así vendrá también esa devoción que siente la presencia de Dios en las mismas entrañas, hasta en los últimos artejos de pies y manos: Corpus tuum, Domine quod sumpsi et Sanguis quem potavi, adhæreat visceribus meis. La obra de Dios a través de la oración en nuestras vidas es maravillosa, pero “no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). Todo lo hace él y sin él no podemos hacer nada. Por eso, la verdadera oración es siempre humilde. Anda en la verdad que nos pone en nuestro lugar: el de hacer reverencia, besar, doblar la rodilla ante el santo nombre de Jesús y juntar las manos para que queden siempre atadas a las suyas. No nos vienen los bienes por las nuestras, sino por él y por su cruz, per quem hæc omnia, Domine, semper bona creas, sanctificas, vivificas, benedicis et præstas nobis.
La noche en que todo comienza: claves para comprender la vigilia pascual
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a vigilia pascual constituye el centro de gravedad del año litúrgico, el momento en el que la Iglesia vive con mayor intensidad el misterio de la redención. No se trata de una mera conmemoración histórica, sino de una realidad viva, una expresión concreta y visible de la fe en acto que se despliega en la noche más sagrada del calendario. La liturgia no es un simple espectáculo ni una suma de rúbricas, sino la fe hecha gesto y celebración, la forma propia en que la comunidad cristiana ejerce su sacerdocio. Sin embargo, para muchos fieles sigue siendo una liturgia larga, compleja y, a veces, difícil de seguir. Comprender su estructura y sus símbolos no solo permite participar mejor en ella, sino descubrir que en esa noche se condensa la historia entera de la salvación. La Iglesia no construye esta celebración de forma arbitraria. Cada gesto, cada palabra, cada silencio responde a una lógica interna que remite a algo más profundo: la acción de Dios en la historia. La vigilia no se explica; se despliega. Y lo hace a través de cuatro grandes momentos que no son piezas aisladas, sino etapas de un mismo recorrido.
nave en sombras, representa a Cristo como la columna de fuego que guía al nuevo Israel hacia la libertad. La liturgia no emplea la naturaleza en estado bruto, sino transformada por el trabajo humano: el fuego preparado, la cera tallada. Ese paso de lo natural a lo elaborado introduce una dimensión cultural que la Iglesia eleva después a lo sagrado. Así, los elementos dejan de ser meramente útiles o decorativos. El fuego deja de ser solo calor para ser la luz de Cristo, y la cera deja de ser solo material para encarnar la idea de sacrificio ofrecido. A través de esta mediación sagrada, la liturgia se establece como un "puente" que satura los elementos del mundo con una densidad eterna. Este proceso pedagógico permite que el creyente, apoyado en las formas visibles, logre finalmente "aspirar a las alturas, hacia lo divino", como señala el conocido pensador alemán Romano Guardini en la obra El espíritu de la liturgia.
En esa noche se condensa la historia entera de la salvación"
El lucernario: la victoria de la luz sobre la sombra La celebración comienza en la oscuridad, en ese estado de tinieblas que simboliza la ausencia de Dios en el mundo. El rito del fuego nuevo no es una representación teatral, sino un símbolo litúrgico que media entre lo material y lo espiritual, haciendo que lo invisible se vuelva, en cierto modo, perceptible para el creyente. Este fuego, que bendice la Iglesia, rompe la tiranía del subjetivismo y del aislamiento individual para convocar a la comunidad en torno a una luz que no proviene de ella misma. El cirio pascual, al avanzar por la
La progresiva iluminación del templo —las velas que se encienden unas a otras— no solo crea una atmósfera. Hace visible una verdad: la fe se transmite, la luz se comunica, la oscuridad no…
