La Antorcha
Cómic

Cómic En cinco horas veré a Jesús

Abril 2023·5 min de lectura

cómic adapta libremente algunos pasajes de Dentro de cinco horas veré a Jesús, el diario espiritual del Siervo de Dios Jacques Fesch, ejecutado el 1 de octubre de 1957. En 1993, el arzobispo de París, Jean-Marie Lustiger, abrió oficialmente su causa de beatificación, por su ejemplo de conversión.

Sociedad idolátrica, sociedad religiosa

E

n las sociedades idolátricas, al perder la fe en una vida ultraterrena, las personas caen tarde o temprano en la desesperación. Pues los sufrimientos físicos y espirituales que padecemos en nuestra vida terrena, que antaño se consideraban penitencias llevaderas en comparación con la bienaventuranza eterna que las borraría de un plumazo, se convierten de repente en sufrimientos insoportables y sin sentido que sólo pueden ser borrados mediante nuestra extinción física, cuanto más indolora y rápida mejor. Las sociedades idolátricas no saben afrontar la muerte con entereza y naturalidad. Así que se dedican alternativamente a adular y deprimir a las personas sometidas a su dominio: mientras están sanas, la idolatría de la ciencia y el progreso les inspira ideas fatuas, haciéndoles creer que son semidioses; en cambio, cuando están enfermas y no tienen cura (es decir, cuando la ciencia y el progreso se revelan insuficientes o inútiles), se les dice que valen menos que un gusano. Exactamente lo contrario sucede en las sociedades religiosas, donde a las personas sanas se les repite que están hechas de barro; mientras que a las personas enfermas se les recuerda que sus cuerpos maltrechos serán semilla de resurrección.

En las sociedades idolátricas, los pretendidos semidioses huyen de la muerte como pollos descabezados, sometiéndose a la cosmética, a la gimnasia o a la cirugía por espantar patéticamente el fantasma de la decrepitud. Y cuando ese fantasma acaba por hacerse realidad, los semidioses marchitos reclaman la muerte, pues no quieren convertirse en gusanos. En las sociedades religiosas, nadie reclama la muerte, aunque todos la aguardan serenos, sin preocuparse de envejecer o padecer sufrimiento, porque saben que los peores achaques son fruslerías, comparados con la bienaventuranza eterna que les ha sido prometida. En las sociedades religiosas, existe una comunidad que cuida del enfermo y lo ayuda a sobrellevar el sufrimiento, rezando por él y con él, brindándole consuelo, anticipando a su lado la bienaventuranza. En las sociedades idolátricas, para demostrar que somos semidioses, nos liberamos de toda tradición y comunidad, para disfrutar de plena autonomía; y el sufrimiento se convierte en algo por completo inaceptable que amenaza nuestra autonomía, por lo que reclamamos a la ciencia y el progreso que nos liberen de todas las enfermedades. Pero, ¡ay!, resulta que la ciencia y el progreso se muestran

impotentes ante muchas enfermedades, por lo que nos ofrecen eliminar el sufrimiento. En las sociedades idolátricas, la compasión exige eliminar el sufrimiento matando al enfermo. Justo lo contrario de lo que sucede en las sociedades religiosas, donde la compasión exige acompañar el sufrimiento del enfermo hasta la misma muerte, para llevarlo de la mano hasta la bienaventuranza, donde será por completo resarcido. Pero ese resarcimiento completo exige que incluya también al barro con el que hemos sido moldeados, a nuestra carne decrépita que pronto se convertirá en polvo; pues los sufrimientos más penosos son con frecuencia los que se ensañan con la carne. La muerte, en las sociedades religiosas, se afronta con la esperanza en la bienaventuranza; pero no sólo bienaventuranza del alma, también de la carne.

creer, os envidiamos ese milagro, a saber, que para Dios (ya que no para los hombres) nuestra carne tenga la misma dignidad que nuestro espíritu, si no más, porque también sufre más el dolor. Rezamos para que estéis en la verdad y nosotros en la más negra de las ignorancias”. Dios llega a nosotros por la carne. Al aceptar nuestra naturaleza, se hace una sola carne con nosotros, en un desposorio eterno cuya consecuencia natural es la posesión divina de cada una de nuestras fibras a través de la resurrección. Sentirse eternamente abrazados por Dios, sentir que nuestra carne ha sido también incluida en la alianza que Dios entabló con los hombres a través de la Encarnación: este es el corazón de la fe, lo que distingue una sociedad religiosa de una sociedad idolátrica. Sólo la resurrección de la carne sostiene la supervivencia de la persona más allá de la muerte. Y esta supervivencia ultraterrena implica que seguiremos siendo quienes ahora somos, bajo otra forma de vida superior, infinitamente más plena. Una forma de vida en la que el alma no se sienta dentro el cuerpo como en una cárcel; y en la que el cuerpo no esté sometido al sufrimiento. Quienes creen sinceramente en esta transfiguración de sus cuerpos no temen a la muerte, ni se desmoronan ante la enfermedad, ni sucumben al desaliento, por más que los desalientos y las enfermedades les golpee