La Antorcha
Evangelio

El Evangelio de los días santos comentado

Abril 2023·5 min de lectura

Evangelios de los días 2, 6, 7 y 9 de abril.

Ilustración | Hemos encargado a la ilustradora Vali Olguín que nos introduzca en esta serie de reflexiones en torno al Misterio Pascual, y su propuesta es este retablo contemporáneo que abarca desde la Última Cena hasta el sepulcro vacío.

Por la longitud de las lecturas de estos Evangelios reproducimos únicamente un fragmento. Te invitamos a leer el pasaje completo antes de leer estas reflexiones.

Domingo de Ramos de la Pasión del Señor

Lectura del santo evangelio según san Mateo 26, 14-27, 66

Jueves Santo de la Cena del Señor

Lectura del santo evangelio según san Juan 13, 1-15

“V

uelve la espada a su lugar, pues quien usa la espada, a espada morirá. ¿No crees que si yo se lo pidiera a mi Padre, él pondría ahora mismo a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Pero, ¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras, que dicen que así debe suceder?”. Todo el Evangelio de san Juan es un camino ascendente hacia la cruz. Ella es el telón de fondo. Durante todo el Evangelio joánico habla Jesús de “la hora”. ¿A qué se refiere? A la hora de su muerte. En las bodas de Caná, Jesús le dice a su madre: “mujer, ¿qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora” (Jn 2, 4). ¿A qué se refiere? A la hora de la alianza nupcial, el desposorio entre la divinidad y la humanidad. Pero en las bodas, en ese contexto matrimonial, se da solo como signo, pero apunta ya al momento de la cruz. Así todo el Evangelio de Juan es un ascenso hasta el momento de la cruz, hacia el calvario. Por eso, por ejemplo, Juan no habla del Tabor, aunque estuvo allí. Donde se realiza todo, hacia donde todo conduce es hacia esa “hora”, la hora de la cruz. Con toda su conciencia, Jesús se dispone a consumar ese plan de redención que tenía pensado el Padre desde el principio. Cristo asume totalmente el plan del Padre, es plenamente consciente de lo que va a realizar, es la “hora”. En la oración sacerdotal (Jn 17, 1), durante la Última Cena, Jesús aclara: “Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique”.

Jesucristo ya se ha entregado al Padre, ha asumido plenamente su misión que le viene del Padre, para eso ha venido, para morir por nosotros, para dar la vida como signo y testimonio de su inmenso amor. La verdadera satisfacción es el cumplimiento fiel de la voluntad del Padre, eso es lo que le place. A partir de ahí se van cumpliendo todas las profecías del Antiguo Testamento. Dios no deja nada a la improvisación. Cristo ha venido a cumplir amorosamente. Y lo hace. Así, “El que es”, “Yo Soy” (Jn 18, 5), da la vida por nosotros en fiel cumplimiento a la voluntad del Padre, para así unirnos a través de ella a Él mismo. El desposorio, la alianza, queda restaurada por este cumplimiento fiel y amoroso por parte de Cristo del plan de Dios Padre. A Cristo le vale la pena, siendo plenamente consciente de nuestras miserias, dar la vida por cada uno. A nosotros toca unirnos a Cristo con la fuerza del Espíritu Santo para ofrecernos con Él al Padre. Eso es, amigos míos, la Santa Misa, la renovación incruenta de este misterio de amor al que se nos invita a participar ofreciendo también nuestras vidas a la del Divino Redentor.

C

uando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan”. En su narración de la Última Cena el Evangelio de Juan dirige su primera mirada –y la nuestra– a Jesús lavando los pies a sus discípulos. En ese gesto simbólico visualiza “el amor a los suyos hasta el extremo” y recapitula como el himno de Filipenses el misterio de Jesús, su persona y su misión. Un gesto opuesto al de Adán en el paraíso: mientras este quiso alcanzar lo divino alargando las manos con sus propias fuerzas, Cristo descendió de su divinidad para hacerse hombre, esclavo nuestro por amor y obediente al Padre hasta la muerte. Jesús, que es el Señor, se despoja del manto de su gloria, se viste con el traje de nuestra miseria, se hace hermano y esclavo nuestro. Está a la puerta y realiza el trabajo de los esclavos: se arrodilla ante nosotros, y lava y enjuga nuestros pies sucios para hacernos dignos de participar en el banquete nupcial de Dios. Pero el relato de Juan muestra que donde Dios no pone límites a su acción sanadora puede ponerlos el hombre. Lo vemos en Judas y Pedro. El primero rechaza

el amor sanador de Dios en Cristo por la codicia, la ambición y la vanagloria. El hombre de hoy quiere incluso crear el mundo y no está dispuesto a aceptar el don del perdón. Nietzsche escribió: “es mejor permanecer culpable que contar con una moneda que no lleva nuestra imagen”. Pedro (“¿tú lavarme a mí los pies?”) representa la falsa humildad que no admite la grandeza de que Dios se incline ante nosotros, pero en la que anida la soberbia de quien no quiere recibir el perdón, sino purificarse por su propio esfuerzo. Pero Dios no quiere la falsa modestia que rechaza su bondad, sino la humildad que se deja lavar y purificar. En el Apocalipsis se dice que los salvados han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero (7, 14). El lavatorio que nos purifica el corazón es el amor de Jesús hasta el extremo que se simboliza en el lavatorio de los pies, se lleva a cabo en su Pascua, se hace presente en la Eucaristía y culminará en el banquete celestial.

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

Viernes Santo de la Pasión del Señor

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 1-9

Lectura del santo evangelio según san Juan 18, 1-19, 42

E

n aquel tiempo, Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Entonces Judas tomó un batallón de soldados y guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos y entró en el huerto con linternas, antorchas y armas.

La Semana Santa, que comenzamos con el domingo de Ramos no es solo para contemplar el rostro dolorido de Cristo, la visión del siervo de Yahveh sufriente; también es ocasión para encontrar sentido a nuestro propio sufrimiento, para vivir las dificultades y los males de cada día en la esperanza de que serán vencidos. La Semana Santa son unos días de profundos e intensos misterios, que han de ser vividos en el silencio, en la escucha, en la acogida... Es una semana para celebrar los misterios fundamentales para el cristiano. Por tanto días de fe para ser vividos desde la fe. Y este dato es fundamental. No se puede acercarse al misterio sino es desde la fe en Cristo Jesús. Solo Él nos puede introducir en la verdad que acontece en estos días. Hoy se hace una proclamación larga de la pasión del Señor. No siempre estamos acostumbrados a ello. Esto puede producir cansancio, hastío, quizás nos asalte la tentación de acortar algo, de leer solo una parte. Somos tan frágiles. Nos autojustificamos tan fácilmente… Pero piensa que más larga fue la pasión de Cristo en su realidad histórica. El sí que vivió un largo calvario que le llevó a un sufrimiento extremo y a la muerte en cruz. Él no leyó ni proclama un relato sino que vive un acontecimiento histórico en su propio cuerpo.

En el relato evangélico que hoy se proclama aparecen toda una serie de personajes que manifiestan actitudes diversas ante este acontecimiento, clave y fundamental. Está Judas que le entrega, Pedro que le niega, el pueblo que le rechaza, los escribas y los fariseos que le encarcelan y le condenan con mentiras, están los burlones, los que pasan de largo, el ladrón que se compadece, etc. etc. Cada uno de estos personajes somos tú y yo. Si, tú y yo. También le hemos traicionado, le hemos…