La Antorcha
Reflexión

Locos y dementes: los preferidos de Cristo

Enero 2024·5 min de lectura

casos de suicidio, de consumo de ansiolíticos y antidepresivos, de bulimia y anorexia han aumentado de modo alarmante en los últimos años. No solo eso, sino que se multiplican los desórdenes mentales y físicos convertidos en identidad, aumenta la hiperdiagnosis en niños que muestran comportamientos un tanto fuera de la norma, y algunos incluso ven el desorden mental como algo cool. El otro día me contaba un amigo que casi se monta la III Guerra Mundial en su

casa cuando le dijeron a su hija que nada de móvil hasta que cumpliera dieciséis años. Tiempo después esa niña daba las gracias a sus padres. Todas sus amigas, ya enganchadas a Instagram, tenían todo tipo de problemas y la autoestima por los suelos. También trataremos este problema, no menor, en las páginas de este número. No creo que se sorprenda el lector si afirmo que la principal causa del aumento de todos esos problemas de salud mental tiene que ver sobre todo con una falta de acogida. Y es que precisamente nos han educado en lo contrario, somos los reyes, no de la acogida,

sino de la elección. Nosotros construimos nuestra historia, nuestro destino, nuestro éxito, nuestra realidad. Todo es voluntad y deseo. Todo lo elegimos. Hay que tenerlo todo atado, controlado. Nuestra vida es un plan sin fisuras. O eso nos gustaría. La verdad es que hace aguas por todos lados. Siempre. Y aunque nos empeñamos en elegir, nos convendría ver que las cosas importantes de la vida se acogen, no se eligen: familia, patria, cultura, sexo… Si uno pudiera elegir, seguramente elegiría una familia diferente, más compatible (si es que eso existe). Uno puede planear los hijos cuanto quiera, pero a veces vienen cuando uno no espera, o no vienen cuando a uno le gustaría. Cada hijo es un misterio, un don que se acoge. Y eso es algo que experimenta cualquier padre. La cultura de la acogida nos enseña a confiar, a abandonarnos. A aceptar con gratitud. A saber que es mejor acoger con humildad lo que el Señor nos ha dado. Y claro está, la gran herida aparece precisamente cuando nos rebelamos contra lo que somos. Como esas niñas de dieciséis años de las que hablaba, que anhelan algo que no tienen (ni necesitan): una promesa de felicidad que se presenta muy atractiva a sus ojos pero que esconde un fondo muy sombrío. Una promesa que parece real pero que solo es imaginaria. Esta rebelión contra nuestro propio ser nos destruye. Hijos contra padres, padres contra hijos, hombres contra sí mismos, niños contra la realidad, civilizaciones contra Dios… Existe otro modo más gráfico de verlo. Si uno pierde un ojo en un accidente tiene varios caminos: acoger la discapacidad sobrevenida o rebelarse contra ella y amargarse la vida. Al principio siempre nos visita la rebelión, pero la experiencia nos enseña que la paz se encuentra en la acogida. Uno puede pasarse la vida cabreado o asegurando que, aunque no le crean, él ve igual que antes, que no tiene

problemas de perspectiva o distancia, pero ese delirio que hoy llamamos autopercepción no le devolverá la vista, solo hará mayor la herida. Podrá engañar a sus amigos, pero cada vez que se ponga ante el espejo recordará su realidad. Tenemos que dar gracias por lo que tenemos (¡faltaría más!), pero también por lo que no tenemos. Quizá seamos sobre todo lo que no tenemos. ¿Qué habría sido de mí si hubiera sido un magnífico jugador de hockey? ¿O un estudiante brillante? Lo ignoro, pero no ser un buen deportista ni un estudiante brillante me ha llevado hasta lo que tengo hoy: la familia que he formado, y no puedo más que dar gracias por ello. Todo entra en el plan de Dios. Decía Chesterton que el hombre podría ponerse a caminar a cuatro patas, quizá así desarrollaría nuevas inteligencias y aparecería una civilización diferente, pero no tiene demasiado sentido hacerlo. Habría que esperar mucho para ver los resultados, y lo que sí sabemos es que hemos llegado hasta aquí siendo bípedos También hemos llegado hasta aquí siendo pobres, tartamudos, rápidos en el castigo y lentos en el amor. No somos fruto solo de nuestras victorias, sino también de nuestras incontables derrotas. Y claro que queremos mejorar, pero el camino es acoger nuestra realidad. La fe es confianza. La confianza nace del abandono. Y cuando uno se abandona, descubre a Cristo. Quizá esta fórmula secreta que lleva más de dos mil años circulando pueda ordenar nuestra cabeza y nuestro corazón. Dicho de otro modo, la ausencia de Dios, haberlo apartado de nuestras vidas, familias y sociedades nos ha enloquecido a todos. La cordura reinaría de nuevo en nuestro mundo si nos olvidáramos de los numerosos ídolos que nos hemos fabricado y volviéramos de nuevo a Dios.

Elena Calleja, psicóloga clínica experta en salud emocional:

“Estamos convirtiendo la salud mental en un nuevo ídolo” La suavidad de sus palabras y la calidez de su sonrisa contrasta con la firme rotundidad de sus afirmaciones. Pero como sabe que la avala su experiencia en consulta, a Elena Calleja no le importa ir a contracorriente a la hora de explicar la relación entre el abandono de Dios y el incremento de suicidios, los peligros de tomarnos la salud mental como una moda cool, o cómo evitar psicopatologizar problemas normales y pedir ayuda cuando de verdad la necesitamos.

P

influencers con más seguidores, las charlas en colegios e institutos, las listas de libros más vendidos, y hasta no pocas homilías se han visto envueltas, casi sacudidas, por una corriente que abandera la legitimidad de hablar en público de la salud mental. Y para ser más precisos, de los problemas de salud mental que padecemos en España.

alabras como ansiedad, estrés, depresión o suicidio, e incluso términos reservados hasta hace poco al argot científico, tales como benzodiacepinas, ansiolíticos o cortisol, han roto las paredes de las consultas médicas y de las reboticas para tornarse en moneda de uso común. El Congreso de los Diputados, los programas más vistos de la televisión, los

Elena Calleja durante la entrevista. Josema Visiers

El incremento en el consumo de antidepresivos, de consultas a psicólogos y psiquiatras e incluso en el número de suicidios es tan incontestable que ha logrado lo que parecía imposible: poner de acuerdo a todos los partidos del arco parlamentario –de VOX a Sumar, de Más País al PP, de Bildu al PSOE (aunque entre estos no haya apenas distancia ideológica)–, para que incluyan en sus programas un sinfín de acciones y propuestas para afrontar el problema. Pero el pensamiento crítico que cultivamos en estas páginas nos lleva a cuestionar aquello que parece incontestable. Por eso nos hemos sentado con Elena Calleja, psicóloga clínica, experta en inteligencia emocional, influencer con más de veinte mil seguidores en redes sociales, católica confesa y promotora de incluir la dimensión trascendente en el área de la Psicología, para poner sobre la mesa, o sobre el diván, cuestiones como si la salud mental es una moda pasajera, si la estamos convirtiendo en un nuevo tótem prometeico, o si estamos sustituyendo a Dios por los psicofármacos. Y este es su diagnóstico:

adquirir inteligencia emocional. Pero una cosa es ir para crecer, y otra es que necesitemos ir para resolver un problema o una enfermedad. Me gustaría que la preocupación por la salud mental se quedara para siempre, pero sabiendo que nos encontramos ante una ciencia. Muchas veces veo cómo, igual que hay quien tiene su entrenador personal, parece que debe tener su psicólogo personal. Hay quien habla de una epidemia de mala salud mental. ¿Cuáles son las causas de que hayamos llegado a este punto? Son múltiples, pero nuestro principal problema es que nos falta una buena gestión de la libertad. ¿A qué se refiere? A que hoy tenemos demasiados inputs, opciones y posibilidades para hacer o deshacer, y no estamos hechos para gestionar tantas opciones de manera correcta. Hablo de cuestiones cotidianas y también de problemas serios: la pornografía, la sexualidad desbordada, las elecciones afectivas, las compras, las…