casos de suicidio, de consumo de ansiolíticos y antidepresivos, de bulimia y anorexia han aumentado de modo alarmante en los últimos años. No solo eso, sino que se multiplican los desórdenes mentales y físicos convertidos en identidad, aumenta la hiperdiagnosis en niños que muestran comportamientos un tanto fuera de la norma, y algunos incluso ven el desorden mental como algo cool. El otro día me contaba un amigo que casi se monta la III Guerra Mundial en su
casa cuando le dijeron a su hija que nada de móvil hasta que cumpliera dieciséis años. Tiempo después esa niña daba las gracias a sus padres. Todas sus amigas, ya enganchadas a Instagram, tenían todo tipo de problemas y la autoestima por los suelos. También trataremos este problema, no menor, en las páginas de este número. No creo que se sorprenda el lector si afirmo que la principal causa del aumento de todos esos problemas de salud mental tiene que ver sobre todo con una falta de acogida. Y es que precisamente nos han educado en lo contrario, somos los reyes, no de la acogida,
sino de la elección. Nosotros construimos nuestra historia, nuestro destino, nuestro éxito, nuestra realidad. Todo es voluntad y deseo. Todo lo elegimos. Hay que tenerlo todo atado, controlado. Nuestra vida es un plan sin fisuras. O eso nos gustaría. La verdad es que hace aguas por todos lados. Siempre. Y aunque nos empeñamos en elegir, nos convendría ver que las cosas importantes de la vida se acogen, no se eligen: familia, patria, cultura, sexo… Si uno pudiera elegir, seguramente elegiría una familia diferente, más compatible (si es que eso existe). Uno puede planear los hijos cuanto quiera, pero a veces vienen cuando uno no espera, o no vienen cuando a uno le gustaría. Cada hijo es un misterio, un don que se acoge. Y eso es algo que experimenta cualquier padre. La cultura de la acogida nos enseña a confiar, a abandonarnos. A aceptar con gratitud. A saber que es mejor acoger con humildad lo que el Señor nos ha dado. Y claro está, la gran herida aparece precisamente cuando nos rebelamos contra lo que somos. Como esas niñas de dieciséis años de las que hablaba, que anhelan algo que no tienen (ni necesitan): una promesa de felicidad que se presenta muy atractiva a sus ojos pero que esconde un fondo muy sombrío. Una promesa que parece real pero que solo es imaginaria. Esta rebelión contra nuestro propio ser nos destruye. Hijos contra padres, padres contra hijos, hombres contra sí mismos, niños contra la realidad, civilizaciones contra Dios… Existe otro modo más gráfico de verlo. Si uno pierde un ojo en un accidente tiene varios caminos: acoger la discapacidad sobrevenida o rebelarse contra ella y amargarse la vida. Al principio siempre nos visita la rebelión, pero la experiencia nos enseña que la paz se encuentra en la acogida. Uno puede pasarse la vida cabreado o asegurando que, aunque no le crean, él ve igual que antes, que no tiene
problemas de perspectiva o distancia, pero ese delirio que hoy llamamos autopercepción no le devolverá la vista, solo hará mayor la herida. Podrá engañar a sus amigos, pero cada vez que se ponga ante el espejo recor
