La Antorcha
Reflexión

La paternidad a lo largo de las épocas, culturas y civilizaciones

Mayo 2025·5 min de lectura

" Tiernecito niño, mi nombre fue tu primera palabra, y mis juegos eran tus risas" De Odiseo y Aquiles a Cormac McCarthy, la paternidad como una relación que va más allá de la mera biología. POR JOSÉ MARÍA SÁNCHEZ GALERA | PERIODISTA

A

lo largo de los cuatro Evangelios hay algunos personajes mudos. No tanto porque no puedan hablar, como aquellos a quienes cura Jesús, o porque se queden sin habla durante un tiempo —como Zacarías, el padre del Bautista. Hay personajes del Evangelio a quienes no se les oye decir nada, aunque intervengan con cierta relevancia. Como es el caso de José, el esposo de María. Mateo le concede protagonismo al comienzo de su relato, pero no se le oye pronunciar palabra alguna. José se limita a escuchar a Dios y a obedecerlo. Escucha y actúa. Va de Nazareth a Belén, de Belén a Egipto, de Egipto a Nazareth. Todo, con tal de proteger a María y al Niño. Sin quejarse. Cuando —cuenta Lucas— el Niño se pierde, con unos doce años, y lo encuentran al cabo de tres días en el Templo, la que habla es María: "Tu padre y yo te hemos estado buscando…".

Uno de los aspectos destacables de José es que él sabe que no es el padre biológico de Jesús. Esa ruptura del puro lazo sanguíneo contradice, en cierto modo, la tradición. Porque Isaac había sido engendrado por Abraham, lo mismo que Jacob era vástago de Isaac según la carne, y Salomón fue uno de los muchos hijos del rey David. Y precisamente Lucas y Mateo —los únicos canónicos que hablan del nacimiento e infancia de Jesús— son los que ofrecen genealogías de este tipo que acaban en José. José ha recibido una prolongadísima pertenencia según la carne, pero ese legado biológico acaba en él. Desde José, la paternidad será algo diferente. O algo más. Lucas parece empeñado en situar el nacimiento de Cristo en la "plenitud de los tiempos", que la hace coincidir con el gobierno de Octaviano Augusto. Quizá

San José con el Niño dormido en brazos, de Francisco Camilo, 1615-1673. Museo Nacional del Prado

Faustina (Faustina la Mayor). Justamente este matrimonio había permitido a Antonio Pío formar parte de la parentela del emperador que lo adoptó a él, Adriano. A su vez, Adriano estaba casado con una sobrina nieta de Trajano, la cual era tía segunda de Faustina la Mayor. En las Anotaciones personales (Meditaciones) de Marco Aurelio, el emperador filósofo llama "mi progenitor" (es decir, "el que me engendró") a su padre carnal —Annio Vero, que falleció siendo joven y al que apenas dedica unas pocas palabras—, mientras que a Antonio Pío lo llama "padre" y le consagra un elogioso epígrafe de unas quinientas cincuenta palabras (cuarenta veces más que a Annio Vero). No obstante, resultaría osado entender la paternidad romana en su vertiente más adusta y autoritaria; los relieves del Ara Pacis (Roma) o del sarcófago de Cornelio Estacio (Museo del Louvre) nos muestran a padres

porque este evangelista presenta una visión gentil, muy helenizada e influida por Roma. Y en Roma, la filiación era una cuestión más legal que biológica. El pater familias tenía el derecho a no reconocer, durante la primera semana, a sus hijos, y podía decidir que el bebé fuese abandonado en un vertedero. El abandono de niños es un tema frecuente en la literatura antigua: desde Rómulo y Remo hasta Edipo y Moisés. El heredero de un ciudadano romano era la persona en quien él hubiera decidido testar; aunque en la mayoría de los casos fuese el primogénito, los dos primeros siglos de Imperio insisten en una transmisión alternativa. Con excepciones como la de Marco Aurelio y su hijo Cómodo, o la de Vespasiano y sus hijos Tito y Domiciano, la manera más habitual de herencia consiste en la adopción. A Marco Aurelio lo adoptó Antonio Pío, que estaba casado con su tía Annia Galeria

PATERNIDAD A LO LARGO DE LAS ÉPOCAS

cariñosos, con gestos y actitudes delicadas y atentas a los niños y sus juegos. Autores como Publio Papinio Estacio y Marco Valerio Marcial (ambos del siglo I) consagran poemas de sorprendente emotividad a niños nacidos esclavos en el hogar y que —obvio en Estacio— adoptan como hijos propios. Tras aclarar que no deseaba haber engendrado descendencia, dice Estacio: "tiernecito [niño], mi nombre fue tu primera palabra, y mis juegos eran tus risas".

marinera ha de concluir reuniéndose con su anciano padre Laertes —destronado y que vive junto al viñedo del monte— y su joven, inquieto e inexperto hijo Telémaco. Distinto es el caso de su compañero de andanzas bélicas, Aquiles, padre ausente de Neoptólemo. De Aquiles, hereda Neoptólemo un ansia guerrera que lo lleva, tras la muerte de su padre, a integrarse en el ejército aqueo que ha puesto sitio a Troya. Entrando en la adolescencia, Neoptólemo demuestra su brutalidad asesina y, escondido en el gigantesco armatoste del caballo de madera, sus homicidas alaridos resonarán en las calles de Ilión. Matará al rey Príamo, y a su nieto Astianacte —un chiquillo que gatea y aún no sabe hablar— lo despeñará desde las murallas de la ciudad. Astianacte —nombre griego que podemos traducir como Principito— es el hijo de Héctor, hombre familiar a quien había dado muerte Aquiles. En el sombrío más allá, Aquiles sólo se gozará escuchando las infamantes hazañas de su hijo. Desde los arquetipos de la mitología —los maltratadores Urano, Crono, Zeus— hasta nuestra época, hemos conocido variados modelos de paternidad: el que aplaude Jorge Manrique en sus célebres Coplas, o Giuseppe Conlon, según la película de Jim Sheridan (En el nombre del padre, 1993). Cormac McCarthy, en La carretera (2006), nos muestra a un padre que sabe proteger a su hijo con abnegación, y que acaba aprendiendo humanidad y compasión de él. "Únicamente sabía que el niño era su garantía. Dijo: Si él no es la palabra de Dios, Dios no ha hablado nunca". Ambos se identifican en frases como: "Da igual lo que ocurra. Nosotros somos la buena gente. Estamos llevando el fuego. Nos va a ir bien". Al saber que se le agota la vida, ese padre se despide: "Tú eres la mejor gente. Siempre lo has sido. Aunque ya no esté, podrás seguir hablándome. Podrás hablar conmigo y yo charlaré contigo. Ya verás".

José ha recibido una prolongadísima pertenencia según la carne, pero ese legado biológico acaba en él. Desde José, la paternidad será algo diferente. O algo más" En la Roma gentil, uno de los modelos más preclaros de paternidad era Eneas, el "piadoso Eneas", que había salido huyendo de Troya cargando con la tradición que representaban su padre y sus dioses familiares, y la esperanza del futuro que encarnaba su hijo. Cierto que el viaje de Troya al Lacio le permitió a Eneas algún placer, como el que le propició Dido en una cueva en que ambos se refugiaron, en solitaria pasión, un frío día de tormenta, aguacero y ventisca. Sin embargo, el "piadoso" Eneas prosiguió su trayecto, pues —esa era su excusa— así se lo pedían los dioses. Tampoco se privó de aventuras amorosas el griego Odiseo, cuya exploración

Higinio Marín Filósofo y escritor

“La familia y los católicos son, de suyo, sediciosos frente al Estado”

El Estado moderno ha liberado a los hijos de ser propiedad de los padres, y a estos, de obligaciones como la de buscar pareja y oficio a su prole. Pero esta liberación no es sino la cara B de una moneda de altísimo precio a pagar: la de aceptar que el Estado suplante por la vía coercitiva la figura paterna –y materna –, y fagocite la libertad personal a un ritmo cada vez más acelerado. Así lo explica el filósofo y escritor Higinio Marín, profesor de Antropología Filosófica en la Universidad Cardenal Herrera CEU de Valencia, que da también la solución al problema: la conciencia de que la familia, y los católicos, son agentes insumisos, subversivos y sediciosos, ante la ilegitimidad moral del Estado.

¿Podemos afirmar que actualmente el Estado pretende arrogarse, y cada vez con más vehemencia, el papel de padre? La cuestión no es un asunto de actualidad, sino que tiene que ver con el origen del Estado. Nuestro Estado nace de la revolución. Y la…