contrario: sacar la oración a la calle. Rosarios en plazas, vigilias silenciosas, procesiones penitenciales o turnos de oración frente a abortorios forman parte de un fenómeno discreto pero constante: católicos que entienden que la fe no puede quedar encerrada entre las paredes del templo.
E
n Guadalajara, el Rosario por la Vida y la Familia nació de un grupo de amigos con una intuición sencilla: poner en manos de la Virgen dos realidades esenciales para la sociedad actual: la vida y la familia. Sus promotores explican que la motivación inicial fue comprobar que “con una acción tan fácil como rezar es posible reparar, pedir y dar testimonio”, comenta Miriam Esteban.
sacerdotes y laicos rezando juntos mientras la ciudad sigue su ritmo habitual. Esa dimensión intergeneracional, señalan sus organizadores, muestra la belleza de la Iglesia como familia y rompe el tópico de que el rosario pertenece a otra época. Las reacciones son diversas. Hay indiferencia, curiosidad, respeto. Algunos se santiguan al pasar; otros se detienen unos instantes o se unen espontáneamente. Sin pancartas ni consignas, la sola imagen de personas rezando transmite un mensaje silencioso: todavía hay esperanza.
Una fe que sale a la calle Cada mes, fieles de distintas edades se reúnen para recorrer calles y plazas rezando el rosario. Para Esteban, sacar el rosario al espacio público significa recordar que Dios no pertenece solo al ámbito privado y que el cristiano está llamado a ser “sal de la tierra”. La escena tiene algo contracultural: niños, jóvenes, matrimonios, abuelos,
por todo el mundo. Su propuesta combina oración, ayuno y presencia pacífica ante centros donde se practican abortos. Sus responsables definen la oración como el corazón mismo de la iniciativa. Consideran que la defensa de la vida no puede reducirse a estrategia, activismo o debate político, sino que necesita una raíz espiritual previa. Por eso organizan campañas de cuarenta días de turnos de oración presencial y silenciosa. Rezar ante un abortorio tiene, para ellos, un fuerte contenido simbólico: acudir allí donde se consuma una tragedia humana para pedir el fin del aborto, acompañar espiritualmente a las madres y rogar también por la conversión de quienes trabajan en esa industria. No hablan de confrontación, sino de presencia orante. Aseguran haber recibido numerosos testimonios de mujeres que se sintieron sostenidas o ayudadas al ver personas rezando fuera de la clínica. También relatan casos de madres que desistieron de abortar en el último momento.
reforma del artículo 172 quater del Código Penal introdujo penas para conductas de acoso o coacción a mujeres que acuden a abortar, una modificación impulsada en un clima de fuerte polémica y presentada por muchos sectores provida como una medida que podía terminar criminalizando incluso la mera presencia orante frente a las clínicas. Desde 40 Días por la Vida aseguran actuar con extremo cuidado jurídico y recuerdan que sus participantes asumen compromisos explícitos de comportamiento pacífico, sin insultos, amenazas ni contacto con nadie. Del templo a la plaza España posee una larga tradición de religiosidad pública: procesiones, romerías, rogativas, viacrucis, rosarios de la aurora. Lo novedoso quizá no sea rezar en la calle, sino volver a hacerlo en una sociedad secularizada que daba por amortizadas estas expresiones. Tanto en el rosario en una plaza de Guadalajara como en la vigilia silenciosa ante un abortorio, late una misma convicción: la fe cristiana no es evasión, sino encarnación. Rezar en los lugares donde el hombre vive, sufre, decide y se equivoca. Porque, para estos fieles, la oración no consiste en huir del mundo, sino en entrar en él de otra manera.
Orar bajo sospecha En los últimos años, la oración pública ante abortorios ha quedado en el centro del debate político y jurídico en España. La
Frente al lugar del drama Por otro lado, la oración ante los abortorios introduce una dimensión más radical. Allí actúa la organización 40 Días por la Vida, nacida en Texas en 2007 y extendida hoy
Ora et labora:
El Dios que te hizo te acompaña en cada instante POR JOSÉ MARÍA SÁNCHEZ GALERA | PERIODISTA,
S
uena el despertador. Una sintonía en el teléfono móvil: Sultans of swing, de Dire Straits. Hace años, cuando iba a trabajar con su padre, el despertador era de pilas, con los números de cada hora cubiertos de una leve substancia fosforescente. El minutero iba avanzando con un sonido constante y seco. A veces le costaba dormirse, y ese minutero le impedía conciliar el sueño. Entonces, rezaba avemarías, con la esperanza de lograr el descanso tan necesario. En aquella época, tras vestirse, salían su padre y él — Juan ambos— a la calle, hacia una iglesia
que está a diez minutos caminando. Asistían a misa de siete de la mañana y luego se encontraban en el bar, para el desayuno, con el resto de la cuadrilla. Había uno de la cuadrilla —Evaristo— que, en algún que otro momento de la jornada, blasfemaba, confiado en que el patrón se lo afease. Evaristo se encajonaba en la tarea de colocar los bultos en el camión, y su voz sabía a pimienta y vinagre. Ahora, cuando Juan padre no es más un recuerdo en la pared, Juan se despierta agradeciendo a Dios haber sido su hijo.
La empresa de mudanzas es hoy más pequeña que cuando vivía su padre. Un camión nada más. Sigue yendo a misa, pero no todos los días, y por las tardes. Bendice la comida, repitiendo la fórmula de su padre, y lee un pasaje del Evangelio en los ratos de descanso. Es el mismo Evangelio de Nácar y Colunga que usaba su padre, y que solía estar entre la guantera y el salpicadero del camión. Su padre también tenía algún ejemplar de Hablar con Dios. Su padre —él lo imita casi siempre— rezaba por dentro a su ángel de la guarda; cada vez que cogía una caja, cada vez que la dejaba, cada vez que la abría o la cerraba. Rezaba también por las personas a quienes les hacía la mudanza. Que esta caja de libros sea una buena lectura para este, o para aquel. Que esta caja con tenedores o con platos les dé buena comida a todos los de la familia. Que esta lavadora siga durando años y limpie bien la ropa de cada cual. Marta, la esposa de Juan trabaja como telefonista. En los trayectos del metro va contando a la Madre de Jesús sus problemas, sus inquietudes, sus felicidades, sus dolores. Retrasa su hora del café, para poder rezar el ángelus con calma y darse diez minutos de silencio para compartirlo tranquilamente con Dios. Su ocupación es ingrata. Antes, cuando atendía las peticiones de una compañía de seguros, sabía que al otro lado del teléfono había alguien que de verdad quería hablar, trasladar un percance y tener la certeza de que le iban a llevar a su casa a quien le arreglara un grifo, una cañería rota o una ventana por donde el aire se cuela con su frío. Ahora se resigna: teclea números de una base de datos de origen desconocido, y, cuando alguien descuelga, tiene que hablar con sonrisa para intentar vender algo, a la hora de la comida, a una persona que no tiene el más mínimo interés. Ella sabe que la despedirán cuando no logre un número mínimo de contrataciones. Así que reza al ángel suyo y al de la persona que hay al otro extremo del auricular. Que Dios nos dé a todos lo mejor.
Pide a Dios que las decisiones suyas y de los clientes sean lo más responsables, y por eso siempre se le ve sin prisa" Marta puede estar en casa un día o dos a la semana. Aprovecha para comprar las rebajas de la carnicería. Ella no lo sabe, pero Lucas, el carnicero, también reza, porque, en cada corte, piensa en las llagas de Cristo. Antes había sido pescadero, y procuraba tener en el alma las redes de Simón. La hija de Lucas coincide en el colegio concertado donde estudia el hijo de Juan y Marta. La hija, casi todos los días que puede, se pasa por la capilla al terminar o empezar las clases, y está un minuto como mucho. Mira al sagrario y encomienda a sus padres, a sus amigas, a los profesores — aunque refunfuña, también a los…