La Antorcha
Reflexión

Antonio Fco. Bohórquez Colombo, S.J.

Por Los Ejercicios Espirituales de

Junio 2026·5 min de lectura

ANTONIO FCO. BOHÓRQUEZ COLOMBO, SJ | SACERDOTE

“L

os Ejercicios son todo lo mejor que puedo en esta vida pensar, sentir y entender, para que el hombre se pueda aprovechar a sí mismo, y para poder fructificar y ayudar a otros muchos”. En 1536, san Ignacio de Loyola escribía al padre Manuel Miona animándole, a quien era profesor en la Universidad de Alcalá de Henares cuando él había llegado a la ciudad complutense, a hacer los ejercicios espirituales. Casi quinientos años después de aquella misiva podemos seguir diciendo que los ejercicios espirituales continúan siendo un método que no sólo aprovecha a quienes los hacen, sino que además hacen fructificar la vida de muchos cristianos ayudando a otros. Pero ¿qué son propiamente los ejercicios? El texto nos da la respuesta. El número 1 dice que son ejercicios espirituales “todo modo de preparar y disponer el ánima, para quitar de sí todas las afecciones desordenadas, y después de quitadas para buscar y hallar la voluntad divina en la

disposición de su vida para la salud del ánima”. Definición que será atenuada por el propio Ignacio más adelante. Quizá de una manera más realista en el número 21 habla de “ejercicios espirituales para vencer a sí mismo y ordenar su vida sin determinarse por afección alguna que desordenada sea”. Por lo tanto, los ejercicios espirituales tienen que ver con la vida del que los hace. No son una desconexión de la propia realidad. Retirándose unos días en oración no se pretende sino una vuelta al mundo de una manera nueva tras un intenso y transformador encuentro con Dios. Buscan liberar la libertad para seguir al Señor Jesús, a su modo, allí donde Él llama. Los ejercicios espirituales completos duran alrededor de treinta días. Se distribuyen en cuatro “semanas” precedidas y concluidas por un pórtico de entrada y otro de salida. Se entra en ellos por el llamado principio y fundamento, que declara quién es Dios – el Creador – quién es el hombre –

la criatura – y cuál es el sentido de su vida – alabar, hacer reverencia y servir a Dios – así como de todo lo que le rodea – ayudarle a la consecución de este fin (Ej. 23).

y muerte es la prueba de autenticidad del verdadero discípulo. En la cuarta semana se contemplan los misterios de la resurrección. El Cristo glorioso y vivo que, mostrando sus heridas, vuelve a enviar la certeza de que el mal no tiene la última palabra. La contemplación para alcanzar amor, conclusión de los ejercicios, es la rampa de salida que ayuda después de todo el recorrido a descubrir a Dios que habita, trabaja y se sigue entregando en lo cotidiano. Después de todo el proceso y de reconocer tanto bien recibido sólo queda vivir desde una entrega total: “Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Todo mi haber y mi poseer; vos me lo disteis a vos, Señor, lo torno; todo es vuestro disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia que esta me basta.” (Ej. 234)

No son una desconexión de la propia realidad, sino un camino para volver a él de un modo nuevo tras un transformador encuentro con Dios" Durante la primera semana se confronta al ejercitante con el pecado en sí y con su propia historia de pecado. Acaba a los pies del Crucificado con una triple pregunta que buscará respuestas a lo largo del proceso: ¿qué he hecho por Cristo? ¿qué hago por Cristo? ¿qué debo hacer por Cristo? (Ej. 53) La segunda semana se abre con la llamada “Contemplación del Reino”. Cristo – aquél frente al que concluyó la primera semana – llama a unirse a su misión. Pero no se trata sólo de decir que sí. Durante estos días, a través de la contemplación de la vida del Señor, se busca una transformación profunda de la sensibilidad del ejercitante para ir configurándose con la de Cristo. En este momento se busca también la purificación de las motivaciones para que el Evangelio cale en lo más profundo de la persona, allí donde se operan incluso las decisiones más inconscientes. La tercera semana busca la verificación de la transformación operada acompañando al Señor en su pasión. Estar silenciosamente con Jesús en su sufrimiento San Ignacio de Loyola, de Clauido Coello, 1680 - 1683. Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, Valdemoro (Madrid)

Contra la oración POR FABRICE HADJADJ | ESCRITOR Y FILÓSOFO

C

réanme, lo he intentado todo para no rezar. Llegué incluso a pedirle a Dios que me ayudara: “Señor, por favor, ¡haz que no rece! ¡Haz que no vuelva a rezar nunca más!”. Pero Dios no quiso concederme ese deseo. Seguramente habría tenido que convertirme en una planta, o en una piedra. Aunque eso tampoco es tan seguro. Sospecho que la planta reza inconscientemente, con todo su ser, para reclamar la lluvia y el sol que necesita. En cuanto a la piedra, esa buena piedrecita bien cerrada sobre sí misma como un puño que nunca se convertirá en una mano abierta, me inspiraba una profunda admiración. Nadie la ha visto jamás rebajarse a mendigar ni siquiera una gota de agua para sobrevivir. Me parecía un modelo de independencia y de longevidad soberana. Luego, debido a mis propios fracasos, probablemente, empecé a tener dudas sobre ella: la piedra no existe por sí misma, ha recibido la existencia… En lo más profundo de su propia dureza debe

haber un vacío, como un receptáculo que llama a la existencia, igual que la jarra llama al frescor de la fuente. Sin embargo, yo había empezado bien. Era perfectamente ateo y libertino. Trabajaba en un banco y era seguidor del París-SaintGermain Fútbol Club. Pero ahí está, poco a poco tuve que admitirlo, me iba invadiendo a pequeños toques, sutilmente, sin que me diera cuenta. Cuando mi equipo estaba a punto de perder, o cuando había una falta, o en los penaltis, me dirigía a no sé qué, y decía: “¡Vamos! ¡Por favor! ¡Que marque! ¡Que marque!”. Por supuesto, en cuanto se marcaba o se fallaba el gol, la alegría o la rabia se apoderaban de mí, y me olvidaba por completo de la pequeña plegaria que se había susurrado en mi interior a pesar mío. En cuanto a mi vida de libertinaje, no era mejor. Ciertamente, para vivirla plenamente, tenía que rechazar toda moral sexual, reivindicar el derecho a

que cualquier orificio sirviera según mi capricho, no preocuparme por las consecuencias de un semen arrojado en cualquier parte, incluso entre las zarzas… Por ese simple motivo, debía rechazar el orden de un Dios o de cualquier tipo de naturaleza. Sin embargo, cuando la joven se resistía a mis seducciones, no dejaba de rogar en lo hondo de mí —¿pero a quién?—: “¡Ojalá Penélope cediera! Sí, ¡que Penélope se entregue por completo a mí! ” Pero eso no era más que el comienzo de mi decadencia. Tan pronto como la joven se entregaba por completo, tenía que aceptar el reto. Así, no era raro que, en el pecho, suplicase a mi propio sexo: “¡Te lo ruego, pequeño mío, levántate, sé fuerte, ten valor, no te dejes abatir fácilmente!” ¿Qué decir de las altas finanzas? Seguía la cotización de la bolsa, conocía sus entresijos, las relaciones de causa y efecto, las estrategias lucrativas, pero también los repentinos subidones. Una guerra en Oriente podía hacer caer los valores. Así que me consagraba a una especie de rituales para evitar el crac y favorecer mis carteras al estilo Warren Buffett. Si no bebía CocaCola los viernes, o si el semáforo se ponía en verde exactamente en el momento en que lo presentía, todo iría bien. Sin duda se trataba menos de oración que de influencia oculta. Pero la cosa era tan irracional que siempre lanzaba un pequeño suspiro interior hacia las fuerzas oscuras que me parecían gobernar el mundo: “¡Os pido un 1,5 % de subida en mis acciones de Tesla! ¡No un 2 %, solo un 1,5 %!”

todas las cosas”, o bien: “Se puede dudar de todo”. No dudaba de mi duda. En verdad, una vez que me recogía en mí mismo, en lo más profundo de mi corazón se alzaba como una llamada, como un grito.

Solo saldría de las oraciones más abyectas a través de las oraciones más elevadas" Eso debía remontarse a la infancia. En aquellos tiempos,…