protagonista. A primera vista podría parecer que ambos temas guardan poca relación entre sí, pero están más unidos de lo que pensamos. Solo en Cristo pueden darse el perdón y la paz sinceros, pues sin él el mundo está condenado a una paz siempre frágil, a una fachada temporal. La historia lleva milenios enseñándolo. “Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad”. (Ef. 2, 14)
Por el pecado original estamos inclinados a un enfrentamiento constante que solo se ve apaciguado y sanado por la relación con Dios, el único capaz de transformar el corazón del hombre y por tanto también a la sociedad. Ahí radica el único progreso que existe: en reconocernos hechos a imagen y semejanza de Dios y crecer en respuesta y comprensión a esta verdad. Los demás progresos son sucedáneos que adquieren cada vez formas más caricaturescas y desagradables.
“La criatura sin el Creador desaparece […] Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida” Gaudium et Spes. Y para evitar esto hace falta una comunicación real entre Padre e hijo, entre Creador y criatura, tan real y concreta como la que podamos tener entre esposos o entre amigos. Sin esa comunicación con Dios, sin esa relación de servicio y amistad difícilmente creceremos en amor al Señor, difícilmente seremos otro Cristo en la tierra, y difícilmente nos convertiremos en instrumentos cumplidores de su voluntad. La oración debe ser el sustento de todo aquel que se llame cristiano, lo contrario es vivir una farsa. Igual que lo sería en un matrimonio el hecho de que los esposos no intercambiasen palabra alguna durante la semana por mucho que el domingo quedasen para dar un paseo cual perfectos desconocidos. La oración puede darse en muchos espacios y de muchas maneras, la riqueza de la Iglesia al respecto es grande, pero tiene que darse. Por supuesto atendiendo al contexto, pues no es lo mismo un monje benedictino que un padre de familia, pero conviene saber que, seguramente, estamos rezando por debajo de nuestras posibilidades. Todo cambia cuando uno descubre al Amado, a aquel que nos amó primero, entonces la vida se vuelve oración continua. Y fruto de esa oración continua es vivir la vida como combate, el noble combate de la fe, con el único objetivo de extender el reino de Cristo y no permitir que nadie destruya nuestra amistad con él.
Tanto es así que la vida de oración sin combate no es auténtica vida de oración y se vuelve estéril, se convierte en un pietismo que no transforma, que no comprende en su totalidad la grandeza de Dios y la naturaleza del hombre. “La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. Los grandes orantes de la Antigua Alianza antes de Cristo, así como la Madre de Dios y los santos con Él nos enseñan que la oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador que hace todo lo posible por separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar habitualmente en su Nombre. El ‘combate espiritual’ de la vida nueva del cristiano es inseparable del combate de la oración” Catecismo de la Iglesia Católica 2725. De igual modo que el combate sin oración se vuelve estéril, adquiriendo formas cada vez más extravagantes y dañinas para la fe. ¡Ojalá este número sirva para intensificar nuestra relación con el Señor, o retomarla, si la perdimos, y que esa relación impregne todas las realidades de nuestra vida, para hacerlas auténticamente fecundas, dejándonos transformar y siendo cauce para que pueda también transformar a toda la sociedad!
Lo digital nos hace creer que somos Dios El artista plástico Alberto Guerrero responde a la pregunta de si se puede orar con las manos Alberto Guerrero es uno de los más prometedores artistas plásticos de nuestro país. Inició su carrera como historiador del arte y restaurador, para lo que se recorrió medio mundo devolviendo la vida a piezas y espacios sagrados de todas las épocas. Tras ese aprendizaje, inició una carrera artística llena de éxitos y hallazgos, en la que el arte sacro va llenando, cada vez más, su producción diaria. Por su especial relación con la materia y el trabajo manual, conversa con La Antorcha para explicarnos cómo palpar la presencia constante del Señor en su quehacer diario.
¿Siempre has sentido una “llamada” a trabajar con las manos la materia? De niños, mi hermano Javier y yo compartíamos cuarto, y teníamos dos mesas iguales para estudiar una al lado de la otra. La suya estaba impoluta y la mía llena de cortes, faltaban pedazos porque estaba todo el día haciendo no sé… “cosas “. Y es que desde niño tenía mucha inquietud por todo lo manual. Tenía cierta habilidad innata y también he entrenado mucho. Como me gustaba mucho pintar, mis padres me apuntaron a clases con un profesor que me tenía un montón de tiempo haciendo rayas paralelas, cosa que puede parecer aburrida, pero a mí me divertía muchísimo. Al final tiene algo de belleza ese trabajo sencillo que, a la vez, educa la mano. Mi abuelo Luis que era muy manitas, era de un pueblecito de Navarra de agricultores, y en su casa lo hacían todo ellos con las manos: una mesa para la cocina, la cuna… De niño me encantaba pasar horas con él viendo cómo trabajaba. Cuando falleció heredé parte de sus herramientas para trabajar la madera, cosa que me hizo mucha ilusión. Él las tenía mucho más ordenadas que yo, la verdad.
pero teniendo en cuenta las propias leyes del objeto físico con el que trabajas. Me ha influido mucho la obra de Eduardo Chillida que hablaba de cómo el artista parte de una idea, que esa idea se tiene que encarnar, y eso implica un diálogo entre el artista, la idea y la materia. Pero el resultado puede ser mucho más bello que la idea fría, y frecuentemente es inesperado. El arte tiene algo de teofanía: a veces te encuentras con algo que ya estaba ahí y cuando surge es maravilloso. Los límites no son sólo materiales, también son temporales. En los procesos, tienes que contar con el tiempo de secado de una capa de pintura, como el agricultor que siembra y tiene que esperar a que crezca. Además, a veces, cuando trabajo con veladuras, doy capas de pintura no sé cómo van a quedar hasta que no se seca totalmente. De esta forma, estás jugando con un orden preestablecido, y detrás hay un artífice de ese orden, que es Dios. ¿Cómo se contrapone lo digital a la materia y el trabajo manual? Está en boga la idea errónea de que lo puedes hacer absolutamente todo, o que si quieres puedes, pero son mantras que no son verdad. El mundo digital hace mucho daño porque nos acostumbra a la inmediatez, y cuando trabajas con la materia te encuentras con otros tiempos. Pero si sabes respetar
¿Qué hay en la materia que te lleva a Dios? Yo trabajo con pintura, con madera… Eso hace que te topes con el límite de esa materia. Digamos que tú la transformas,
Rezo para que él ponga la gracia, y yo ponga mis manos" esas leyes, y sabes aceptarlas en silencio, uno encuentra paz. Los procesos exigen someterse a la materia y sus tiempos, y eso requiere humildad. La materia puede ser pobre pero tiene sus propias leyes: cada pigmento, cada aglutinante… Cada vez nos venden más herramientas de productividad, para hacer muchas más cosas en menos tiempo. Cada vez pienso que es mejor hacer menos cosas y dedicarles más tiempo.
llevar a algo más. Cuando uno trabaja haciendo arte sacro, se somete también a la Iglesia porque el arte litúrgico es arte al servicio de la liturgia, es un arte hacer visible lo invisible de los sacramentos, de la eucaristía, etc. Al final el arte lo que tiene que hacer es acompañar, inspirar y hacer comparecer el misterio. Cuando estás trabajas directamente en las cosas del Señor es más fácil orar, aunque puedes caer en la rutina. Yo trato de vivirlo como una…