Tolkien y la oración escondida Desde su más tierna infancia hasta las trincheras de la guerra, ahondar en cómo entendía la oración el autor de El Señor de los Anillos permite descubrir nuevas dimensiones en su obra. Átaremma i ëa han ëa, / na aire esselya (“Padre Nuestro, que estás en el cielo, / santificado sea tu nombre”)
¿A
quién le reza Frodo? El propio J.R.R. Tolkien reconocía que El Señor de los Anillos es una obra “fundamentalmente religiosa y católica”, pero en la Tierra Media no hay templos ni sacerdotes. Lejos de ser una contradicción, una cosa va ligada a la otra: “No incluí, o he eliminado, cualquier cosa que se parezca a la ‘religión’, ya sean cultos o prácticas (...) porque el elemento religioso queda absorbido en la historia y el simbolismo”1. Un crítico anónimo de Tolkien lo expresó de otra forma: para él, Arda es un mundo “en el que algún tipo de fe parece estar en todas partes sin una fuente visible, como luz proveniente de una lámpara invisible”2. Este tipo de afirmaciones podrían llevar a pensar que, en su propia vida de fe, el autor de El Señor de los Anillos se conduciría con cierta vaguedad, o que gustaría de una vivencia espiritual más desestructurada. Sin embargo, nada podría estar más lejos de la realidad. Tolkien era un católico practicante, fiel y constante, asiduo a la misa diaria y a los sacramentos. Hasta tal punto que –tomando prestada una expresión del
Retrato de J. R. R. Tolkien
profesor Ben Reinhard– habría desarrollado una “imaginación litúrgica”. O, dicho de otro modo, la participación frecuente en la vida sacramental de la Iglesia habría moldeado de tal modo su pensamiento y sus afectos que en sus obras podemos reconocer patrones simbólicos propios de la liturgia.
oraciones eran importantes y que estaba profundamente familiarizado con ellas, y por eso enseguida pensó en usarlas como material para la exploración lingüística”. Otra anécdota relacionada con el padrenuestro es que la primera vez que Tolkien probó una grabadora de cinta lo primero que grabó fue este rezo, a modo de exorcismo. Lo explica su amigo George Sayer, que fue quien lo invitó a probar la máquina: “En primer lugar recitó la oración del Señor en gótico, para expulsar al demonio que, estaba seguro, habitaba el aparato”4.
¿Tolkien rezaba en élfico? En el ámbito de la oración –tema central de este número–, Tolkien siempre preservó como un tesoro las oraciones que aprendió de su madre, Mabel, siendo niño. Cabe recordar que Tolkien no tuvo una infancia sencilla: cuando tenía cuatro años, su padre murió, y cuando cumplió los ocho su madre se convirtió del anglicanismo al catolicismo, perdiendo el apoyo de su familia. Mabel murió poco después, y su hijo mayor siempre la consideró como una mártir. El único documento que conservamos de aquellos años y que nos puede dar una idea sobre la formación que recibieron Tolkien y su hermano, Hilary, es un libro: La oración del Señor y la salutación angélica, del padre Jerónimo Savonarola, O.P. Sería entonces cuando Tolkien aprendió el padrenuestro, el avemaría o el gloria, oraciones fundamentales en el camino del cristiano que lo acompañarían toda su vida. Lo harían también en su faceta como subcreador de mundos: al construir sus lenguas élficas, Tolkien utilizó el padrenuestro y el avemaría como ‘textos base’ sobre los que probar sus nuevos idiomas. La doctora Holly Ordway explica3 que en la década de 1950 Tolkien realizó hasta seis versiones diferentes del padrenuestro en quenya, y que en ellas fue ajustando, por ejemplo, la palabra que mejor transmitiera la noción del “cielo” cristiano. “Se estaba asegurando de que el lenguaje que estaba creando para sus elfos fuese correcto y coherente teológicamente”, señala Ordway, y añade que estos esfuerzos “revelan que estas
La Virgen en las trincheras Sobre la devoción mariana de Tolkien se podría añadir que esta estuvo probada por el fuego de la guerra. Estando en el frente en la I Guerra Mundial, Tolkien trató de mantener en la medida de lo posible su vida sacramental, especialmente la comunión y la confesión, algo que sabemos porque se conserva el calendario en el que iba marcando los días. Allí, además, escribió un poema en honor a la Virgen María, con dos títulos distintos: Consolatrix Afflictorum (“Consoladora de los Afligidos”) y Stella Vespertina (“Estrella Vespertina”). Son dos títulos sacados de las Letanías de Loreto que se rezan al final del santo rosario, aunque el segundo es una interpretación propia… que hallará eco, por cierto, en uno de los personajes más célebres de El Señor de los Anillos, la elfa Arwen: su otro nombre, Undomiel, significa precisamente “estrella vespertina” en quenya. Sobre la Segunda Guerra Mundial, que Tolkien no vivió como soldado, pero sí como padre de soldado, tenemos constancia de que el escritor dormía en el refugio civil con un rosario a su lado. En una carta que escribía a su hijo Christopher durante esta época le recomendaba aprender de memoria tres oraciones marianas: las citadas letanías de Loreto, el Magnificat y el Sub tuum praesidium.
1 Ambas citas son de la célebre carta que Tolkien escribió a su amigo Robert Murray, sacerdote jesuita, en 1953. 2 Lo cita el propio Tolkien en otra carta. En esta ocasión, una que dirigió a una de sus lectoras, Carole Batten-Phelps, en 1971.
3 y 4 Ambas citas están incluidas en el recomendadísimo libro de Holly Ordway La fe de Tolkien. Una biografía espiritual (Ed. Mensajero, 2024).
Los cuadros religiosos de Sorolla, el “pintor de la luz” que rezaba con el pincel Aunque Sorolla es uno de los pintores más celebrados de la historia reciente del arte español, pocos conocen su vertiente religiosa: un interés que se mantuvo durante años y ha dado como resultado un puñado de obras maestras
¿Q
uién no conoce a Joaquín Sorolla? Aunque falleció hace algo más de un siglo, el “pintor de la