significa ser un empresario católico? Para responder a esta pregunta, lo mejor es echar la vista atrás –pero no mucho– y rescatar cuatro ejemplos vitales de personas que encarnaron esta dicotomía a lo largo de su trayectoria. De Argentina al Piamonte italiano, estos cuatro testimonios nos permiten ver cómo puede encarnarse la doctrina social de la Iglesia en lo económico.
(1896-1988) Semanas después de que estallase la Guerra Civil, seis hombres armados irrumpieron en casa de Miquel Casals i Gambús, en Barcelona. “Nos volveremos a ver en el cielo”, le dijo a su familia, antes de que se lo llevaran a la carretera de la Rabassada, donde lo asesinaron. Su muerte no solo dejó viuda a su mujer y huérfanos a sus hijos, también dejó a su hermano Xavier solo al frente de la Tipografía Católica Casals. Hoy conocida simplemente como Casals, se trata de la editorial familiar más antigua de Cataluña aún en activo. Fundada en 1870 por Ramon Casals y Primitiu Sanmartí –quien poco después vendería su parte a su socio–, se dedicó desde sus inicios a publicar obras religiosas. Con la guerra, no obstante, vino también la orden de destruir todos los libros de su almacén que olieran a católico. Xavier Casals evitó que lo condenaran en un Tribunal Popular gracias a la defensa de dos operarios de su taller, y siguió trabajando cada día mientras duró el conflicto. A pesar de las penalidades, subsistieron malvendiendo sus fondos, pero Casals mandó llevar la cuenta de cada venta. Así, cuando terminó la guerra, el empresario tomó una decisión: tirar de ahorros particulares para reponer a los autores todo lo que no les había podido pagar durante aquellos años.
(1925-2015) “El éxito de Ferrero se lo debemos a la Virgen de Lourdes, sin ella podemos poco”. Lo aseguraba Michele Ferrero en el 50º aniversario de la fundación de la empresa chocolatera, que abarca desde Nutella o Kinder hasta los icónicos bombones. Michele recogió el testigo de su padre, Pietro Ferrero –que fundó la confitería en 1946 en el Piamonte–, e hizo crecer la empresa hasta convertirse en uno de los hombres más ricos del mundo, según la revista Forbes. Con todo, siempre reconoció humilde que otra mano guiaba su compañía: en la última entrevista que concedió, al diario La Stampa, esquiva los halagos y confirma que “todo lo que hice lo debo a la Virgen María”. De hecho, hay estatuas de la Virgen de Lourdes en cada fábrica y oficina de la empresa, y Michele Ferrero organizaba cada año peregrinaciones al santuario francés, a las que llevaba también a su equipo de confianza, para debatir la estrategia comercial entre rosarios y oraciones. Fue un hombre atento a sus trabajadores –“mi única preocupación es que la empresa sea cada vez más sólida para garantizar a todos un puesto seguro”, dijo una vez–, y achaca la clave de las ventas a pensar “en Valeria, la madre que hace la compra todos los días”. “Ella –insistía– es la CEO, la única que puede decidir sobre tu éxito o tu final”.
(1921-1962) Al bonaerense Enrique Shaw lo llaman “el empresario con sangre obrera”, y aquí el epíteto es literal: con treinta y seis años, le diagnosticaron cáncer de piel, y, cientos de trabajadores de la compañía que dirigía, Cristalerías Rigolleau, se ofrecieron a donar sangre para las transfusiones que necesitaba. ¿Quién era para merecer tal cariño? Formado como marino, de joven sintió la llamada de Dios a servirlo en el mundo laboral. Como empresario, encarnó las virtudes cristianas, y llegó a fundar la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa en Argentina. “Para juzgar a un obrero hay que amarlo”, insistía. De él cuentan que conocía por su nombre a todos los trabajadores de su fábrica. Activo en la vida pública, impulsó la Ley de Asignaciones Familiares, y se ocupó de proteger a las obreras en su periodo de maternidad, cuando no estaba aún establecido. A pesar de provenir de una familia privilegiada, “eligió el desapego de lo material y la austeridad como estilo de vida”, explica Liliana Porfiri, de la Secretaría de Cultura y Educación en Berazategui. Con su mujer, Cecilia Bunge, Shaw tuvo nueve hijos, a quienes siempre priorizó. “Él, que tanto se afligía cuando perdía el tiempo, tenía todo el tiempo para los chicos”, recuerda su esposa. Hoy se encuentra en proceso de canonización: en abril de 2021, el papa Francisco promulgó el decreto que lo declara Venerable Siervo de Dios..
(1952-2022) “En mis casi treinta y cinco años en MAPFRE he tratado de hacer una empresa inspirada en principios cristianos”, declaraba Ignacio Larramendi poco después de jubilarse. Para el responsable de reflotar la aseguradora – convirtió lo que era una pequeña compañía cercana a la quiebra en una multinacional–, este modo de funcionar “no tiene nada que ver con hacer política ideológica ni con discriminar a quienes piensan de otro modo”, sino en actuar “como he creído que debían actuar los que se denominan cristianos”. “He demostrado con los hechos que solo con esos principios se puede tener un éxito permanente”, insistía. Hijo de un destacado político carlista, Larramendi entendía que el objetivo de la empresa era contribuir al bien común; fruto de esta intuición fue la creación de media docena de fundaciones para devolver a la sociedad. Hombre íntegro –cuentan que cogió un tren tras tener un accidente porque había dado su palabra de que llegaría a dar una conferencia–, defendía también una serie de principios éticos innegociables en su actividad laboral. Además de su actividad profesional, tuvo nueve hijos con su mujer, Lourdes Crespo. Uno de ellos, Luis Hernando Larramendi – fallecido el año pasado–, continuaría con su legado al frente de la Fundación Ignacio Larramendi y viviría impulsando firmemente la doctrina social de la Iglesia entre los empresarios españoles.
Gonzalo Rodríguez durante la entrevista. Josema Visiers
