La Antorcha
Reflexión

Quedarse quietos

Julio 2023·5 min de lectura

quedarnos en el mundo de las ideas, que, aunque está muy bien, no es suficiente, pues hay que bajar al barro, donde ocurren las cosas. . Es bueno discutir sobre cómo debe ser un empresario católico, o sobre cómo emplear el tiempo de ocio. No solo bueno, sino necesario, porque necesitamos unos principios sobre los que cimentar lo que hacemos en la vida. Pero habría quedado el número incompleto si no hubiéramos descendido a la concreción de todo ello. Existen casos concretos donde poder observar el modo que tiene el católico de relacionarse con el dinero, el trabajo y el ocio. Y es un modo mejor que otros, más acorde a su naturaleza. En un mundo en el que parece que el único fin de un negocio es ganar cada vez más dinero, y a eso se ordena todo, el beneficio por el beneficio, y en el que parece que el ocio no es más que un cúmulo de agitadas experiencias que nos sacuden y dejan exhaustos, para olvidar por un momento la triste vida, nosotros decimos que hay otro camino posible. Por las páginas de este número pasarán empresarios, antropólogos, filósofos, artistas, poetas, músicos, deportistas, guías, artesanos… que con su palabra, pero sobre todo con su vida, nos enseñarán que, aunque el trabajo es un

castigo, y hay que sudar para ganarse el pan, nos humaniza y dignifica. Dice Gonzalo Rodríguez sobre este tema que “hemos de descubrir que cada trabajo ha sido puesto por Dios. […] El significado espiritual del trabajo tiene que ver con que vamos a morir, que aquí nadie se queda. El único sentido de la riqueza es hacer comunidad y crear escenarios donde sea posible crecer en la horizontal y en la vertical del espíritu”. Y el trabajo es campo fértil sobre el que pueden crecer otras realidades, cuando esta vocación espiritual es vivida con intensidad, como así demuestran los ejemplos de empresarios que el lector podrá conocer. En estas páginas aprenderemos también que el ocio no es ese rato destinado a olvidar la triste realidad y evitar pensar sobre nuestra existencia, sino precisamente, un rato para conectar con lo más profundo de nuestro ser, para ordenar nuestro corazón y nuestra vida, y eso se consigue con una buena lectura, contemplando la belleza de un paisaje, en calmada oración o tomando una cerveza con los amigos. El ocio no es una huida, es un encuentro. Da en el clavo Josef Pieper cuando dice que “solo un trabajo lleno de sentido puede ser suelo para que prospere la fiesta. Quizá ambas cosas, trabajar y celebrar una fiesta, viven de la misma raíz, de manera que si una se apaga, la otra se seca”. Y entiende Pieper por trabajo

lleno de sentido aquel que “corresponde a la procura, activa y las más de las veces esforzada, de aquello útil en verdad para la vida” y que es algo más que “el hecho desnudo del esfuerzo y el hacer diarios” pues es “a la vez felicidad y fatiga, satisfacción y sudor de la frente, alegría y consumo de energía vital […] mas el hombre, prisionero en un mundo del trabajo trucado en divertido, ya no echa de menos la auténtica fiesta […]. Así enmudece la queja por su pérdida, que por ello se hace definitiva”. Descubriremos que el tiempo de ocio en los jóvenes se ha incrementado considerablemente en los últimos años. Como cuenta Eulàlia V. en su artículo, hemos pasado de veinticuatro horas en 2004 a cuarenta en 2015. Parece motivo suficiente como para dedicar tiempo a pensar sobre el ocio de estos jóvenes, pues muchos “han conseguido que quede al margen del control del adulto. Ellos establecen las normas, grupos y preferencias, y por tanto qué hacer y cómo hacerlo”. Y en la misma línea va la entrevista a Stefano Abbate, cuando nos advierte de que “vivimos tiempos muy complicados para educar” y a través de una conversación larga y sustanciosa nos dará ocho claves para que los vientos soplen un poco más a favor. Y es importante enfocar bien el tema porque corremos el riesgo de que las influencias nórdicas nos hagan pensar, igual que ha sucedido con el sexo, que el ocio es cosa mala. Y nada más lejos de la realidad. Lo que pasa es que, igual que el sexo, sin una presa que lo controle, se convierte en un torrente de agua que lo destruye todo a su paso, el ocio sin una dirección se puede convertir en algo horriblemente agotador y deprimente. Y precisamente sobre las bondades del ocio hablaremos con García-Máiquez, que nos recuerda que “el cristianismo es la religión de la Encarnación. Esto es fundamental. Los dos grandes adalides de la ortodoxia, santo Tomás Moro y Chesterton estaban redondos como toneles precisamente. Era una manera visual de mostrar su amor apasionado por el mundo, hasta en el mimetismo de sus formas”.

En mi familia he tenido la oportunidad de encontrarme con la realidad del trabajo y de la fiesta vividos cristianamente. Y es que muchas veces la familia es la mejor escuela, por lo menos eso puedo decir de la mía. Mi abuelo paterno fue un empresario católico. Difícilmente alguien que haya trabajado con él pueda decir lo contrario. Como dicen hoy los cursis, un buen jefe. Cuando contrataba a un trabajador sabía que estaba adquiriendo una responsabilidad con él, y así lo vivía. Cuántas veces las preocupaciones de sus empleados eran las suyas. Todavía recuerdo los últimos años de su vida, murió a los noventa y cuatro con la cabeza más clara que yo con treinta, y una de sus grandes preocupaciones era si la empresa iba bien. Ya llevaba un tiempo desconectado pero le quitaba el sueño pensar en la jubilación de sus empleados, caso de que el negocio no prosperara. Y por lo que al ocio respecta soy un fiel defensor de que no hay mejor fiesta que un encuentro familiar donde confluyen varias generaciones: se come y se bebe, se bromea y se canta. Los abuelos cuentan historias que los nietos escuchan como si de un thriller se tratara. Y la generación de los padres recuerda aventuras de juventud. Y en todas estas reuniones familiares, la santa misa al inicio de la celebración nos recuerda cuál es el centro. Con fiestas así, ¿quién querría ir a la discoteca? Si el ocio no es el encuentro con Dios, con el prójimo o con uno mismo, entonces no es ocio, será otra cosa. Pero como bien apunta Pieper, parafraseando un poema de Hölderlin: “¿para que compañeros en la fiesta si ya no hay fiesta?”. Y es que quizá lo que nuestra generación ha convenido en llamar fiesta no es otra cosa que un horror vacui que nos empuja al ruido y nos impide escuchar al prójimo. Y con el trabajo y el ocio bien enfocados, uno encara el lunes algo mejor. Con una sonrisa de oreja a oreja y mucha energía positiva podría ser una exageración de Mr. Wonderful, pero con el alma esponjada, seguro que sí.

Un siglo después: ¿Qué pinta la Iglesia hablando del trabajo? POR BEATRIZ BULLÓN DE MENDOZA Y GÓMEZ DE VALUGERA Se ha dicho muchas veces que la Doctrina Social de la Iglesia al ser una moral social que se dirige a todo hombre, resulta demasiado general y no sirve para los casos concretos. Con estas líneas quisiéramos romper una lanza en contra de esa opinión fijándonos en lo que dice el Magisterio al tratar de la economía, más específicamente, del trabajo. Y, dentro del trabajo, de su espiritualidad.

P

recisamente, el tema de las condiciones de los trabajadores de la posrevolución industrial marca el inicio de la Doctrina Social como disciplina autónoma, al alzarse León XIII con la Rerum Novarum (1891) en defensa de los derechos de los proletarios. Fue Pío XII el primero que dio gran relevancia al factor de la espiritualidad del trabajo, nosotros nos fijaremos en el Magisterio posterior.

(la persona que lo realiza) que puede llamarse Juan, Pedro o Santiago y el objetivo (el trabajo de que se trate especialmente) que puede ser la docencia, el comercio o la agricultura. En este sentido, la totalidad de los trabajos tiene la misma dignidad, pues todos los hombres tienen una misma dignidad humana, independiente del dinero que ganen o la cualificación necesaria para realizar su trabajo. El ser humano se realiza en su trabajo si lo mira como lugar en que su vida se…