La Antorcha
Reportaje

El pequeño propietario: garantía contra el capitalismo disolvente

Noviembre 2024·5 min de lectura

El pequeño propietario: garantía contra el capitalismo disolvente POR JOSÉ MARÍA SÁNCHEZ GALERA | PERIODISTA

M

e subo a un taxi para ir a la clínica. La conversación con el conductor resulta agradable. Hay muchas coincidencias. El taxista tiene aire castizo, nos cuenta que, a primera hora, cuando ha cogido el coche, había helada y los "sopladores" municipales le han acabado ensuciando la carrocería. De modo que ha ido a un taller del barrio —el taxista es vecino de Moratalaz, de sus churros, de sus torreznos, de sus vermús

de grifo—, y le han cobrado once euros por limpiarlo a fondo por dentro y por fuera. Nos cuenta que han cambiado el taller, no es el de siempre. "Ahora todo cambia", comenta. Esa es la clave. Todo cambia. Como decía el filósofo, todo fluye y nada permanece. El taxista filósofo. Conforme a lo que expone Antonio-Carlos Pereira Menaut —catedrático de Derecho Constitucional— en La sociedad del delirio (Rialp, 2023),

el momento histórico que atravesamos se caracteriza por la ruptura de los ritmos propiamente humanos —ahora imperan los ritmos maquinales que emanan de ese sucedáneo de existencia que es lo virtual—, la disolución de los lazos comunitarios y el predominio de las entidades gigantescas, como Google, la Unión Europea o la OMS y la Agenda 2030. No se trata sólo de que seamos animales de costumbres. No. Se trata de algo más. Necesitamos saber que papá y mamá se van a querer toda la vida; necesitamos tener la convicción de que no nos engendraron una noche tontorrona y etílica de sanfermines, cuando apenas se habían conocido por Tinder. Necesitamos la tranquilidad de una Iglesia que dice a nuestros hijos lo mismo que dijo a nuestros padres y decía a nuestros abuelos, sin hacer actualización de Dios a cada década. Necesitamos que, aunque nos mudemos de ciudad y de barrio, las calles parezcan entornos donde el suelo es fiable, donde los tenderos, los barberos y camareros formen parte de una continuidad, se sientan vinculados a sus clientes y no a un fondo de inversión. El bar de toda la vida quizá está sucio. Quizá sus platos no sean los mejores, ni sus precios. Pero nos recuerda que es posible que haya cosas que persistan a lo largo del tiempo. Para remediar el fastidio de que el bar de toda la vida sea odioso —y que todos deseen que lo cambien, cuanto antes, por un Starbucks o un Burger King—, hay locales comerciales que han funcionado de otra manera. Pequeños negocios que no desean expandirse, que no tienen intención de transformarse en un emporio, sino que se contentan con ganar un salario que permita criar una familia y mantener una vida digna. Negocios que, como la librería Ontanilla en Aravaca, se distinguen por una profesionalidad de hidalgo.

Nuestro momento se caracteriza por la ruptura de los ritmos propiamente humanos: imperan los ritmos maquinales de lo virtual" Porque Ontanilla no es un lugar donde despachan libros. Es un lugar donde los aman. Leen antes de vender. Aconsejan libros que creen son buenos para sus clientes. Organizan tertulias, seleccionan lo que ofrecen; no destacan en su web o en su escaparate cualquier novedad que los gigantes del sector promocionen. No; si nos acercamos a Ontanilla, nos mostrarán títulos de editoriales como Acantilado, Rosamerón, Encuentro, Libros del Asteroide o Reino de Cordelia. Trabajan como, durante generaciones, han trabajado incontables pequeños empresarios: el dueño del ultramarinos —no como aquel de 13 Rue del Percebe que se afanaba en trucar la báscula— que no se atrevía a vender un producto en mal estado y que lo rebajaba cuando la fecha de caducidad estaba pronta, y con franqueza lo anunciaba. Aquellos que eran expertos en lo suyo… y nos conocían. Expertos sin pretensiones; y expertos de carne y hueso, no como aquellos que nos dijeron durante la pandemia incluso cómo debíamos toser y estornudar. Siguen resistiendo negocios de este tipo. Negocios que nos recuerdan que lo pequeño y honrado —lo que sigue la medida humana— continúa. Y su continuidad nos aporta esperanza: la casa no es del banco, sino nuestra; nuestro matrimonio puede

durar toda la vida; nuestros hijos querrán que pasemos el final de nuestros días en el hogar, rodeados de nietos, en vez de en esa residencia lejana donde no hay olores infantiles, sino que apenas se respira otra cosa que el aroma del yodo, la lejía y los medicamentos. Cierto que muchas de esas tiendas cierran, y que las sustituyen comercios nuevos que alteran hasta el tuétano las calles más tradicionales. Hay varios tipos de establecimiento que desaparecen, como las mercerías, como la ferretería donde, a un precio irrisorio, nos siguen vendiendo cable de cobre por metros. Algunas tiendas sucumben ante el auge de franquicias. Eran negocios que daban continuidad al espacio público, lo hacían reconocible; y se extinguen en los centros de ciudades que se convierten en parques temáticos donde los dependientes apenas saben qué comidas contiene el menú y te ofrecen un código QR en vez de describirte toda la variedad de platos. La extinción de los camareros de antaño, con su chulería educada y su sapiencia de gramática parda, con su fe de carbonero y su pajarita negra, es un aviso del declive de las clases medias, del ocaso de la estabilidad familiar, de la mengua de la libertad que suponía ser un pequeño empresario. Bien lo saben esos agricultores que, desde la aurora hasta el crepúsculo en Europa, desde el Mediodía hasta las regiones boreales, están en pie de guerra contra la burocracia de Kafka transmutada en Leviatán. Ese agricultor, ese tendero, ese pequeño empresario comparte tu tradición. Ellos garantizan que nuestro patrimonio común no depende del Estado, ni de los emires de Qatar, ni de los lobos de Wall Street. Ellos garantizan que el país que dejemos a nuestros hijos mantendrá los mejores sabores del que nos dejaron nuestros abuelos. Un país en el que, al salir a la calle, no nos toparemos con unos forasteros que han alquilado, para cuatro días, una covacha de Airbnb que hace un cuarto de siglo era aquella

tienda de regalos donde, por cuatrocientas pesetas, nos atrevimos a comprar un anillo de plata para nuestra primera novia. La dueña de esa tienda de regalos se jubiló —con su amiga íntima de toda la vida ahora vive en un piso de Montecarmelo— y sus sobrinos han preferido vender el local a una inmobiliaria cuyo nombre es una amalgama de consonantes. Y esos turistas —que no irán a visitar El Prado, sino a tomar cafés al Starbucks, y luego a cenar a un Hard Rock— hacen que me siente extraño en mi propio barrio.

El agricultor, el tendero o el pequeño empresario garantizan que nuestro patrimonio común no dependa del Estado, ni de los emires de Qatar" Frente a la sombría perspectiva que podemos columbrar, habrá quienes afirmen que la empresa familiar goza de gran salud. El Instituto Nacional de Estadística (INE) publicó un informe en 2016 según el cual el "82,8% del total de empresas corresponde a empresas familiares". En datos más concretos, estas empresas suponían la mitad casi exacta del empleo. En 2023, el Instituto de Empresa Familiar (IEF) realizó un estudio al respecto, basado en una encuesta a ochocientas cincuenta y una empresas asociadas a esta entidad, y otra encuesta llevada a cabo con dos mil doscientas noventa empresas familiares entrevistadas telefónicamente de manera aleatoria. Según sus datos, el 89%

de las empresas españolas son familiares, y aportan el "57% del PIB del sector privado". El IEF destaca muchos valores de las empresas familiares: desde la valentía a la hora de arriesgar el propio patrimonio, hasta la prudencia en la gestión, así como la generación de empleo de calidad entre su comunidad más próxima, o la vinculación a "un proyecto que une pasado y futuro". Por eso, el informe destaca algunos ejemplos de arraigo, como "Guijuelo, donde cerca de doscientas empresas familiares generan el 80% del porcino ibérico del país, una industria que comenzó en el siglo XIX". El bello retrato de la empresa familiar se…