LUIS ARGÜELLO | ARZOBISPO DE VALLADOLID Y
E
l Informe FOESSA de 2019, impulsado por Cáritas Española, afirma en su diagnóstico conclusivo que nos encontramos en una gran mutación social que tiene como causa profunda una sociedad desvinculada, desordenada e insegura en la que crece la desconfianza y el enfrentamiento. A esta situación se ha llegado a través de un proceso de transformaciones tecnológicas, económicas y culturales que han afectado a múltiples dimensiones de la existencia; alcanza su punto culminante en un intento decidido de transformación antropológica que hace juego con el sistema económico dominante y con una propuesta de estilo de vida y de organización de la convivencia que hagan posible dicha transformación. La cultura dominante que ha ido gestándose a lo largo de décadas, es relativista. Para el relativismo no hay valores absolutos ni puede haber juicios universales, ya que todo está en función de la percepción subjetiva de cada uno y de los intereses de los grandes grupos de poder. El nihilismo crece. En consecuencia, se hacen muy difíciles los compromisos estables y la vivencia de la fe. La vida humana queda desarraigada, sin ningún anclaje divino ni verdad absoluta. La norma suprema del comportamiento llega a través del consenso social positivista y todo queda a merced de los intereses de quienes pueden imponer su voluntad. Los más débiles y pobres quedan excluidos y no son tenidos en
cuenta. Los jóvenes experimentan un extraño malestar, pero no saben bien por qué. En esta incertidumbre el nuevo imperio digital, que quiere borrar la distinción entre lo verdadero y lo falso, la realidad y la ficción, el bien y el mal, se ofrece como guía que “perfila” nuestro rostro y “calcula” nuestras decisiones. Todo este proceso de transformación no ocurre solo de manera automática como consecuencia de transformaciones tecnológicas y económicas, sino que es impulsado por un intento deliberado de “deconstrucción” o desmontaje, en concreto, de la cosmovisión cristiana. Pareciera que hay un guión bien trazado con calendario y finalidades tremendas. Emerge, teledirigida, una propuesta neopagana que pretende construir una sociedad nueva, para lo cual es preciso “deconstruir”. Así asistimos a un constructivismo antropológico en las muy extendidas corrientes ideológicas de género y en la aceptación social del aborto y la eutanasia; un constructivismo histórico y también pedagógico, reforzado con el dominio de la escuela, para lo cual es preciso “deconstruir” pues, como dice Francisco en el n. 13 de FT, "la libertad humana pretende construirlo todo desde cero". Todo ello ocurre de manera indolora, pues la cultura de masas, basada en emociones y sensaciones, está logrando que este proceso de derribo se viva de manera casi indiferente, más aún como un logro de la libertad.
Como consecuencia surgen la desvinculación, la desconfianza, la fragmentación de las vidas y la precariedad de los vínculos humanos en una sociedad individualista de relaciones efímeras en las que no se mantienen ni la lealtad ni el compromiso adquirido. Es la desvinculación respecto del propio cuerpo, de la realidad, del otro y de Dios. Esta ruptura o debilitamiento de los vínculos genera desconfianza. Se trata, en realidad, de fenómenos que se realimentan mutuamente. La desconfianza está detrás de muchos de las actitudes reactivas que sufrimos hoy en día. Los populismos, los particularismos nacionalistas, el individualismo, los radicalismos de la ideología de género, el fundamentalismo, la xenofobia o la aporofobia se alimentan de la desesperación de quienes han caído en la desconfianza. Una desconfianza que se refiere, primeramente, a la mayoría de las instituciones, pero que también afecta a las relaciones interpersonales de toda índole, al futuro colectivo que nos espera e, incluso, a la confianza en uno mismo. Entre las instituciones afectadas por la desvinculación está la familia y la pertenencia activa a instituciones como la Iglesia. Podríamos decir que crisis familiar, muy vinculada a la evolución del capitalismo industrial y postindustrial, y la creciente secularización se apoyan la una a la otra. Si la secularización influye en el deterioro de la familia llamada tradicional, también parece cierto que la crisis de esta contribuye, a su vez, a impulsar el declive religioso, pues quiebra una institución básica en la transmisión de la fe y de experiencias básicas en la configuración de la persona. En la familia se recibe la vida y en ella se inician experiencias elementales e integrales de la vida humana: amar y ser amado, hacer y colaborar, el descanso, la fiesta y el duelo. La nueva comprensión de la persona y de la familia, inseparable del sistema de producción y consumo, afectan a la vida, los afectos, el trabajo y el descanso. Estas corrientes antropológicas,
económicas y políticas prometen una libertad igualitaria, pero generan un malestar que quiere ser satisfecho con más y más derechos, que en nombre de la no discriminación y la igualdad, van haciendo surgir populismos e identidades de todo tipo que quieren saciar la sed que el propio proceso está provocando. En este proyecto “afamiliar” o “desfamiliarizador” de la vida en sociedad convergen: • El nuevo capitalismo neoliberal global que redefine la familia como contrato libre y temporal entre individuos. • El giro individualista del Estado del Bienestar dirigido a liberar a los individuos de las dependencias que generan los otros. • El progresismo cultural que pretende la destrucción de vínculos familiares y comunitarios elementales desde el “empoderamiento” de individuos y colectivos identitarios diversos. Por tanto, nos encontramos en una sociedad que va perdiendo progresivamente sus vínculos y precisa rehacerlos e innovarlos para generar ámbitos adecuados para la acogida y desarrollo de las personas y la imprescindible amistad civil para organizar la convivencia. De ahí la importancia de la vida familiar y comunitaria que la Iglesia propone y precisa. Ante la desvinculación, queremos poner el acento en el vínculo o alianza que Dios sella con la humanidad; en la alianza matrimonial y en las alianzas entre las personas y los pueblos. Todo ello iluminado en la Alianza nueva y eterna que Jesucristo sella con su sangre rompiendo los 7 sellos que parecían cerrar el libro de la historia en el abatimiento y la desesperanza. Acogida la Alianza, es posible perder el miedo a los vínculos y generar alianzas, desde la matrimonial a la social y comunitaria, que reviertan la deriva individualista y de deconstrucción que amenaza nuestra convivencia, e impulse un proyecto de familia de familias que contribuya a la convivencia fecunda y al bien común.
1 Cf. “Fieles al envío misionero. Aproximación al contexto actual y marco eclesial; orientaciones pastorales y líneas de acción para la Conferencia Episcopal Española (2021-2025)” Conferencia Episcopal Española CXVII Asamblea Plenaria Madrid 2021
Leopoldo Abadía, economista y escritor
“El que no es fiel a su mujer, no tiene por qué ser fiel a su empresa” Su blog sobre Economía acumula más de cinco millones de lectores de todo el mundo, aunque de sus doce libros, los que más éxito tienen son aquellos en los que habla de familia. También de la suya, formada por Elena, su esposa desde hace sesenta y cinco años, sus doce hijos, cuarenta y nueve nietos y varios bisnietos. Por todo ello y, sobre todo, por su forma luminosa y entusiasta de ver la vida, charlamos con Leopoldo Abadía sobre los vínculos personales, familiares y profesionales. Y lo hacemos, gracias a su generosa hospitalidad, en su casa de Barcelona.
A
sus noventa años, Leopoldo Abadía sigue con una actividad envidiable (“aunque ahora voy más lento”, nos dice), y cargado de proyectos. El próximo será grabar un pódcast “con mis amigos de la farándula” para hablar de la vida, de la familia y, sobre todo, de Dios. Con sus otros amigos, los de toda la vida, queda para desayunar una vez por semana. Aunque es doctor…
