POR ESPERANZA RUIZ | COLUMNISTA Y ESCRITORA
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recí escuchando historias de rebotica. En realidad puede decirse que, durante una época benévola, cálida y fugaz, crecí en una rebotica. Merendaba bocadillos de pan con mantequilla y fiambres encaramada al alfeizar de la ventana de una farmacia ubicada en una ciudad de tamaño "acogedor". De postre, me permitían "sisar" un tubito de Lacteol, un sobre de vitamina C o unas Juanolas. A lo largo de la tarde, perpetraba los deberes mientras asistía, curiosa, al trasiego de vidas y circunstancias que por allí se dejaban caer. En aquellos años la rebotica distaba ya mucho de ser el otrora centro neurálgico de los pueblos, el enclave donde las fuerzas vivas (a saber: el alcalde, el cura, el maestro y el galeno) dirimían los designios de una comunidad. Sin embargo, aún era un lugar de remedios para el cuerpo y el alma. Todavía los vecinos confiaban en el criterio, no sólo sanitario, del farmacéutico.
Alrededor de una mesa camilla -y con tubos de ensayo y cajas de Optalidón como testigosse contaban penas y fatalidades, se celebraba la vida, se buscaban ungüentos para el espíritu y se ofrecía abrigo cuando la vida imponía su intemperie. Crecí esperando el desayuno dominical con mi abuelo en la cafetería de siempre; la misa de diez con mi familia, seguida de la preceptiva visita al quiosco de prensa donde siempre caía algo; las sobremesas con tíos y primos; los veranos bulliciosos y despreocupados en los que toda criatura bronceada, con salitre en la piel, cangrejeras y una bicicleta, que hubiera en dos kilómetros a la redonda, era susceptible de convertirse en compinche, amigo del alma o compañero de aventuras. La "familia extensa" de la que suele hablar Enrique García-Máiquez formaba parte habitual y natural de los vínculos. No
importaba durante cuántas horas de sol y lebeche se vagara "por ahí": de cualquier casa del vecindario uno salía alimentado, con mercromina en las rodillas o con veinticinco pesetas para un helado. Años después, cuando yo misma obtuve mi primer trabajo en la farmacia de una ciudad de tamaño "gran urbe", me di de bruces con una transformación social apenas perceptible, consecuencia de una deriva antropológica que había empezado a gestarse tiempo atrás y que comenzaba a dar amargos frutos. Recuerdo una tarde pegajosa de primavera en la que una paciente de edad provecta, tras adquirir su medicación, inició una charla banal que se prolongó más allá de lo usual. Mi jefe, con una señal que ya era –tristemente– un viejo código para nosotros, me pidió que "cortara el rollo". No cedí a su orden. Al marchar, la señora me dio las gracias por la conversación: "Eres la única persona con la que voy a tener la oportunidad de hablar hoy". De manera ora burda, ora sutil, nos mostraron un espejismo. Una sociedad global, abierta, llena de posibilidades. Sucumbimos a promesas emancipatorias que desdibujaban la auténtica fragilidad del ser humano, del milagro de la vida. Compramos las bondades de todos los progresos, sin preguntarnos – como hizo Delibes en su discurso de ingreso en la Real Academia Española– si éstos atentaban contra nuestra propia naturaleza. Perdimos pie en una carrera desenfrenada hacia una felicidad de plástico, basada en el "yo" y con terror a desgastarse por el otro. Convertidos en ciudadanos del mundo, abrazamos causas alógenas mientras nuestros progenitores no tenían con quién mantener una conversación. El trampantojo de la libertad, la engañifa de la deconstrucción, el atracón de falsos derechos y las caricias envenenadas a nuestros mal construidos egos apuntaban a la línea de flotación de aquello que nos es ínsito: la identidad, la tierra, la familia, el apego, lo local.
Y todos esos desvelos para obtener el perfecto consumidor, un ser humano manipulable y esclavo, acorralado, sin asideros, sin salidas. Sin raíces ni raza, sin vínculos ni dioses fuertes. Atomizado, aislado, sumiso, desesperanzado. Entregado a lo efímero, a lo inmediato. Despojado de trascendencia y futuro.
De manera burda y sutil, nos mostraron un espejismo: perdimos pie en una carrera desenfrenada hacia una felicidad de plástico" Crecí en una rebotica y, también, esperando el desayuno dominical con mi abuelo en la cafetería de siempre. Por eso sé que cada padre que enseña a sus hijos a mirar a los demás y no sólo a verlos; cada vecino que conoce el iter vital de su prójimo; cada farmacéutico que nos llama por nuestro nombre y recuerda cuál es nuestra dolencia, es un seguro de vida para nuestra civilización. Cada persona que muestra arraigo y amor por la tierra, que sabe el valor de conservar lo que siempre ha colmado los anhelos del hombre, es un guardián de los vínculos que nos hacen indestructibles. Cada abuela que cuenta historias familiares, que se empeña en mantener tradiciones y se sobrepone a la tentación de desconectar o dar por perdidos a los más jóvenes, está sembrando de miguitas de pan el camino por el que ellos habrán de volver cuando la vida les muestre su intemperie.
Sobre la necesidad de tener raíces POR JORGE SOLEY | ECONOMISTA Y ESCRITOR
“E
l arraigo quizá sea la necesidad más importante y la menos conocida del alma humana… Un ser humano tiene raíces en virtud de su participación real, activa y natural en la existencia de una colectividad que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos de futuro”. Son palabras de Simone Weil (19091943), una de las pensadoras más singulares del siglo XX. Judía, filósofa, sindicalista, aventurera… ¿cómo si no entender que decidiera trabajar como obrera mecánica en la fábrica de Renault en París o se alistara en la Columna Durruti en nuestra Guerra Civil? Durante la Segunda Guerra Mundial, tras refugiarse en 1940 en Marsella, acabó colaborando con la Resistencia desde Inglaterra, donde le llegaría la muerte por tuberculosis con tan sólo treinta y cuatro años. Tiempo suficiente para dejarnos una extensa obra, publ
