La Antorcha
Reflexión

Las raíces judías de la eucaristía

Julio 2025·5 min de lectura

De los corderos crucificados a las cuatro copas de la Última Cena:

las raíces judías de la eucaristía De la mano de Brant Pitre, nos adentramos en la cultura hebrea del siglo I para comprender a la luz de la época de Jesús uno de los milagros fundamentales de la fe católica

J

a pie, publicada por la misma editorial: Jesús y las raíces judías de la Eucaristía. Se trata de un ensayo breve, que explora uno de los misterios centrales de la fe católica –el milagro ocurrido en la fracción del pan, “este es mi cuerpo”, “esta es mi sangre” – desde la perspectiva del judaísmo del Segundo Templo. Es un libro profundamente documentado pero muy accesible, y desde aquí te recomendamos vivamente leerlo. Sirva este artículo como aperitivo de algunos hallazgos del doctor Pitre, para enriquecer tu vivencia en la misa del próximo domingo, o la próxima vez que comulgues entre semana.

esús de Nazaret era un judío devoto del siglo I. Era también muchas otras cosas –el Mesías, el Ungido, Dios mismo hecho hombre–, pero esa primera dimensión no se puede olvidar, so riesgo de que muchas de sus acciones se vuelvan incomprensibles. Si el cristianismo no puede reducirse a un mito más, como pretenden sus críticos, es también por el escandaloso desafío de situarse en unas coordenadas geográficas, temporales y culturales concretas. Lo decimos cada semana en el Credo: “Padeció bajo el poder de Poncio Pilato”, como insistiendo en este punto, apuntalando el calendario. Uno de los investigadores que más ha profundizado en las implicaciones del judaísmo de Jesús es el estadounidense Brant Pitre, doctor en Teología, profesor del Augustine Institute y autor de libros como Jesús, el novio o Jesús y las raíces judías de María, ambos publicados en español por Rialp. Entre sus obras, no obstante, hay una especialmente interesante para el católico de

La nueva Pascua No es ningún secreto que con la institución de la eucaristía Jesucristo está inaugurando una nueva Pascua. Para empezar, lo hizo precisamente en el momento que los judíos celebraban esta fiesta, como recoge el Catecismo: “Al celebrar la Última Cena con sus Apóstoles en el transcurso del banquete pascual, Jesús dio su sentido

La adoración del Cordero Místico de Jan van Eyck, 1432. Catedral de San Bavón, Gante

definitivo a la pascua judía. En efecto, el paso de Jesús a su Padre por su muerte y su resurrección, la Pascua nueva, es anticipada en la Cena y celebrada en la Eucaristía que da cumplimiento a la pascua judía y anticipa la pascua final de la Iglesia en la gloria del Reino”. Recordemos que la pascua judía, el Pésaj, se remonta al libro del Éxodo. Consiste en una conmemoración ritual del día en que Dios liberó al pueblo hebreo de la esclavitud del Faraón. Refresquemos el pasaje bíblico en el que se describe lo que deben hacer los israelitas1: “Dijo el Señor a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto: “Este mes será para vosotros el principal de los meses. (...) El diez de este mes cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. (...) Será un animal sin defecto, macho, de un año; lo escogeréis entre los corderos o los cabritos. Lo guardaréis hasta el día catorce del mes y toda la asamblea de los hijos de Israel lo matará al atardecer.

Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo comáis. Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, y comeréis panes sin fermentar y hierbas amargas. (...) Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el Paso del Señor”. (...) Moisés llamó a todos los ancianos de los hijos de Israel y les dijo: “Escogeos una res por familia e inmolad la Pascua. Tomad un manojo de hisopo, mojadlo en la sangre del plato y untad de sangre el dintel y las dos jambas; y que ninguno de vosotros salga por la puerta de casa hasta la mañana siguiente. El Señor va a pasar hiriendo a Egipto, pero cuando vea la sangre en el dintel y las jambas, el Señor pasará de largo y no permitirá al exterminador entrar en vuestras casas para herir. Cumplid esta palabra: es ley perpetua para vosotros y vuestros hijos”.”

1 Ex 12, 1-24

El banquete pascual de la eucaristía, así, es memorial de la nueva liberación de Dios a su pueblo, esta vez más profunda y definitiva: Jesús no nos libera de la esclavitud de un tirano temporal, sino del tirano último y definitivo, la Parca. “¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?”, pregunta, irónico y desafiante, san Pablo2. Pitre, además, señala algunos paralelismos menos evidentes entre el pasaje del Éxodo y la pasión de Cristo. Por ejemplo, en ambos relatos encontramos el hisopo –en Egipto, para manchar de sangre el dintel y las jambas; en el calvario, cuando Jesús crucificado dice que tiene sed “sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca”3– y la sangre empapa la madera en el momento crucial: madera de la puerta en un caso, de la cruz en el otro. Hay otro elemento fundamental: el cordero “sin mancha” que debe ser sacrificado y después –no es detalle menor– comido con solemnidad y recogimiento ritual. En este caso Pitre recuerda una tradición propia del siglo I, citando al investigador israelí Joseph Tabory. En tiempos de Jesús los corderos pascuales se sacrificaban en el templo de Jerusalén, y de una forma muy particular: atravesados por unas "varas finas" que sujetaban las patas delanteras, y también por una "rama de granado" del hocico a las patas traseras... Así lo relataba también san Justino mártir en el siglo II: “El cordero se asa y se sazona en forma de cruz”. Pitre remata: “Si estas descripciones son ciertas –y no hay motivos para dudarlo– entonces Jesús habría presenciado muchas veces la 'crucifixión' de miles de corderos pascuales en el templo de Jerusalén. (...) [Esto] arroja luz sobre la imagen que pudo tener Jesús acerca de su destino”.

Jesús habría presenciado muchas veces la 'crucifixión' de miles de corderos pascuales en el templo de Jerusalén… Esto arroja luz sobre la imagen que pudo tener Jesús acerca de su destino" Pan del cielo En su libro, el investigador estadounidense también recoge otros dos elementos del Antiguo Testamento que permiten entender de dónde nace la eucaristía: el maná milagroso que Dios regala a su pueblo para sobrevivir durante cuarenta años en el desierto y el “misterioso” pan de la Presencia que se guardaba en el Tabernáculo junto al vino de las libaciones. Pitre recuerda que el propio Jesús se refiere al maná –ese alimento que sabe a “torta de miel” porque prefigura la Tierra Prometida, “que mana leche y miel”– en su sermón sobre el pan de vida: “En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo”4. Pero no sólo ahí: también hay una referencia oculta al maná en el padrenuestro, en ese “danos hoy nuestro pan de cada día”.

2 1 Cor 15, 55 3 Jn 19, 29 4 Jn 6, 32-33

Es una frase curiosa, porque en ella se repite la referencia temporal… pero en el griego original no es así, ya que ahí se usa la expresión epiousion (ἐπιούσιον), que tradicionalmente se lee como “de cada día” pero que también puede traducirse como “sobrenatural”. Por tanto, reflexiona Pitre, Jesús no nos exhorta a preocuparnos por qué comer y qué beber, sino a pedir el pan del cielo para el nuevo éxodo que Él inaugura. Sobre el pan de la Presencia, o pan del "rostro" de Dios, se sabe menos, aunque Jesús habla al menos una vez de él: es ese pan reservado a los sacerdotes que comieron David y sus hombres cuando “sintieron hambre”5. Pitre explica que en el siglo I se había desarrollado una tradición por la cual tres veces al año los sacerdotes exhibían al pueblo la mesa donde estaban estas doce piezas de pan, símbolo de la alianza entre Dios y su pueblo, a la vez que se decía: "¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre!".

115-118, conocidos como…