La Antorcha
Reflexión

Una sobremesa con Dios

Julio 2025·5 min de lectura

n torno a una mesa han sucedido, suceden y sucederán acontecimientos que cambian el rumbo de la historia y construyen una civilización: la institución de la eucaristía, los encuentros familiares, la formación de nuestros hijos… unas veces la mesa será un altar, otras, un pupitre, otras, una desvencijada mesa de jardín, a fin de cuentas, mesas todas. La mesa permite que nos miremos a los ojos, nos humaniza. Nos separa a la distancia justa: ni muy lejos, para que podamos hablar de corazón a corazón, ni muy cerca, por si nos acaloramos y la conversación sube de tono... La mesa es un simple instrumento, un medio, una excusa, un pedazo de conglomerado, en el mejor de los casos un fragmento de madera o de piedra, pero fortalece la amistad, vigoriza el matrimonio, perpetúa el sacrificio incruento de Cristo, eleva el alma y alegra el corazón. La mesa no se agota en la comida, continúa cuando acaba, cuando aparecen los licores y un buen puro y si a ello se le suma una guitarra, un acordeón y unos cantos compartidos, la cosa adquiere ya un tono sublime, posiblemente parecido al banquete celestial, donde cantaremos eternamente las maravillas del Señor. La mesa es donde los niños se hacen adultos observando a sus padres, tíos, abuelos y primos. Es donde descubren la historia de la familia, los secretos, las miserias de cada uno y todo ello poco a poco va forjando su carácter. No es casualidad que nuestros mejores recuerdos de la infancia aparezcan en torno

a una mesa, ya sea celebrando la Navidad, la Pascua de Resurrección o un encuentro veraniego en el porche de la casa solariega. Por eso, en una boda, es momento fundamental el del banquete. Porque si bien el aperitivo es genial para saludar y hablar con amigos y familiares, sólo la mesa nos reúne junto a otros, frente a frente, sin posibilidad de huir o rehuir conversaciones. En ella estamos en cuerpo y alma. Además el día de la boda es el primero en el que los novios participan en plenitud de los tres altares que presidirán el resto de sus días: el de la ceremonia religiosa, el del banquete y el del lecho nupcial. Es importante huir de la moda de comer solos mirando el móvil o el televisor, es importante huir de los platos preparados o cocinados de cualquier manera. En la mesa se forja el amor, pero ese amor empieza a mostrarse y a demostrarse en la cocina, en los fogones. El preludio de la mesa se da en la cocina y tanto el preludio, como la mesa y la sobremesa, si se cuidan como es debido, pueden dar al piso más humilde auténtico aroma de hogar. Y es en los hogares –grandes o pequeños– donde se crean y se fortalecen las familias. ¡Ojalá este número de La Antorcha sirva para descubrir toda la belleza que encierra una comida preparada con amor, una mesa bien puesta, un infinito cruce de miradas y palabras y unos cantos compartidos! ¡Que Dios nos ayude a descubrirlo y a vivirlo con la pasión y el amor debidos!

Pepe Rodríguez. El Bohío

Pepe Rodríguez Cocinero y juez de MasterChef

“Mi familia y la fe son los ingredientes más importantes de mi vida” Conocido por ser jurado de MasterChef desde hace más de doce años, Pepe Rodríguez, chef de estrella Michelín, nos recibe en El Bohío, su restaurante de Illescas, en Toledo, para hablar de los ingredientes que componen la receta de su vida: su familia, su fe, sus amigos, y la capacidad que tiene la mesa para unir y cuidar los vínculos más importantes. Ahora que tanta gente come deprisa y corriendo, delante del ordenador o del móvil, ¿por qué es importante sentarnos a la mesa, hablar tranquilamente y comer con calma? Bueno, alguien dijo que “cocinar hizo al hombre”. Y aunque se añaden más cosas, es verdad que sentarnos a una mesa y cocinar es justo lo que nos diferencia de los animales. Comemos casi como ellos, pero cocinar no lo hacen ellos, y sentarnos a una mesa, y todo lo que ocurre alrededor, es una cuestión solamente humana, de cordura,

de civilización, de sentido común. Así que sí, deberíamos hacerlo más a menudo, aunque estemos perdiendo esos valores. Hoy dejamos la mesa ahí apartada, como algo que no interesa… Pero pienso que mucha gente, incluso los que no están enganchados a la gastronomía como lo estoy yo, cuando se sientan a una mesa, sea en su casa, en un restaurante, o en cualquier otro sitio, y se dan cuenta de lo que significa compartir ese momento entre amigos o familia, saben que es un momento único y diferente. Incluso aunque no lo practiquen tan a menudo.

Nos recibe en El Bohío, el restaurante que abrió su abuela como casa de comidas, que luego regentaron sus padres, en el que trabajó con su hermano como camarero, y que ahora, con usted en la cocina, ha logrado una estrella Michelín. Si la mesa tiene tanto de tradición y de lazos, ¿qué significa recoger toda esa herencia y continuar con ella? ¡Bueno, no me metas tanta presión, porque lo cuentas con una cosa que dices, joder, como falle, no me voy a levantar en la vida de este traspiés! (ríe). En realidad no lo pienso, porque no soy capaz de verlo sin sentirme abrumado. Cuando miro un poquito para atrás, pienso: Qué suerte tengo, porque de esa casa de comidas del año 34, a ese mesón de mis padres, a lo que tenemos ahora… ¡cómo ha cambiado la cosa! En realidad, ha evolucionado como ha evolucionado la sociedad, y como debería evolucionar un buen restaurante. Yo lo he recibido con todo el cariño del mundo y he intentado transformarlo; mis padres intentaron hacerlo mejor que lo hizo mi abuela, y yo he intentado hacerlo mejor que lo hicieron mis padres y mi abuela. Y así soy feliz.

en mi vida. Eso es lo que le da sentido a casi todo: comer, beber y compartir. Al final es una manera de entender la vida, de relacionarte con el mundo, de tener amigos. Yo no tengo demasiados amigos a los que no les interese la gastronomía. Me hablo con mucha gente, por supuesto, pero los más profundos son esos con los que, por ejemplo, comparto una botella de vino, y ellos saben el valor que tiene abrir ese vino, y lo que es oler ese vino –porque estoy enganchado a probar vinos–, y comer y hablar y compartir: “Qué bien te ha salido el escabeche, yo hago el fideo con esto, y el arroz tal, y estoy probando un arroz…”. En fin, esa deformación que tenemos –no me gustaría decir gourmet porque suena un poquito tonto y pedante– los que nos hemos enganchado a este mundillo en el que todo gira en torno a comer y a beber. ¿Es de sobremesa? Sí, no hay cosa más bonita. Me encanta la sobremesa. En realidad, me gusta todo lo relacionado con la mesa, antes y después, porque ya preparar la comida es estupendo. Verás, mañana tengo una comida con un amigo, Fernando, que viene a casa con su mujer, como a veces vamos nosotros a la suya. Y compartimos, y hablamos: del mundo, de los niños, de la universidad, de cómo está el país, de cómo está el mundo, qué mal, qué bien… de todo lo humano y lo divino. Pero ya estoy ilusionado pensando en qué voy a preparar, eso ya me tiene excitado. Porque cuando llegan, y abres la primera copa de vino –“prueba este blanco que me han traído, que es de un tipo que hace tal no sé dónde” –, y empiezas a hablar de esto, y se suma mi hija, y comemos. Y luego llega el después, con esa copa más tranquila, suave, y empiezas la sobremesa en la que estás hablando de esas cosas que tienen que hablar los seres humanos y para las que a veces no tenemos tiempo porque todo lo hacemos deprisa.

¿Qué recuerdos tienes de esa casa de comidas de tu abuela? ¿A qué te saben los recuerdos? Me saben a comida y a olores: de perdices escabechadas, de guisos, de sopas de ajo… Cuando teníamos aquella cocinita tan precaria, tan pequeña, teníamos una mesa que era de madera y ahí se hacía de todo: era donde picaban, cortaban, preparaban, y donde luego se limpiaba, y ahí comíamos también. Incluso el día libre, que cerrábamos, comíamos en esa mesa, que era el centro de la cocina, una cocina muy pequeña, muy elemental, donde empezaron mi padre y mi madre. Todo en mi vida ha transcurrido alrededor de una mesa, y por eso no sabría, no sé,…